¿Por qué no me hace feliz?

Saqué mi nueva moto para ir a trabajar y me quedé contemplándola un rato desde la puerta del garaje, escuchando la música del ralentí brum-brum-brum que despertaba a los vecinos, admirándola. Menudo pepino, pensé. Me monté y seguí dándole vueltas. Apenas tiene medio año, va como un cohete, anda lo que necesito y más. Pero ya no me hace ilusión.

Recuerdo que a eso de los 14 ya estaba loco por los coches y aprendí a aparcar. ¡Qué ilusión me hacía aparcar! A los 16 me saqué el carné de moto. Me venía bien y disfrutaba cuando mi novia de entonces me dejaba su moto para que le llevase (yo pesaba demasiado para que ella nos llevase a ambos). No sé muy bien por qué, pero a los 17 me compré  mi propia moto y empecé a llevar a mi novia en la mía. Nunca me habían apasionado, pero gocé como un enano los años que tuve aquella burra. Cuando salía de clase, cogía la ruta larga y me hacía la carretera de Olaberría para ir a casa desde el insti. Diez kilómetros en vez de dos.

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De curvas con mi antigua burra, inmortalizada gracias al buen gatillo del colega Ander F.

Lo mejor vino cuando a los 18 años y un día me saqué el carnet de coche y me compré con mis ahorrillos aquel 206 juguetón. Qué buenos ratos. Muchas anécdotas, muchos viajes, alguna macarrada. Vio Madrid, Barcelona o Alicante. Conoció a árbitros, amigos y chavalas durante años.

Y heme aquí, sobre mi nuevo pepino de moto, absolutamente apático. ¿Qué falla entonces? Hablando claro, ¿por qué no me hace feliz esta nueva máquina?

Pues porque el análisis, chaval, ha sido incorrecto -me aclara Pepito.

Confundimos deseo con felicidad verdadera, placer duradero. Lo que de verdad me hacía feliz con 16 años era poder ir a sitios con mi novia. Lo que me hacía feliz con 18 era esa sensación de libertad, de poder ir a cualquier sitio sin pedir favores ni dar explicaciones. Y ahora, felicidad no es la moto, sino poder salir esporádicamente de ruta con amigos, de egunpasa con la novia o aparcar en la puerta de la ofi y ganar tiempo, o poder enlazar unas curvas cuando necesito imbuirme en mi mundo y dejar la mente en blanco.

Lo que te hace feliz no es la moto. La moto es el capricho, el deseo. Lo que te hace feliz es la gente, la libertad y sentirte vivo. Cosas que, fíjate, no se pueden comprar.

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Tú también sabes qué hacer con tu vida, ¿verdad?

No tengo claro qué quiero hacer en mi vida, me lanzó triste mi amigo. En un intento de arrojar luz, apoyado en mi amplia experiencia de 2 años y medio en el mundo laboral y en mis objetivos férreos y claros, le aconsejé. <<Proyéctate con 30 años. Empieza desde lo personal, cosas sencillas -como si te ves o no con pareja- y ve haciéndote preguntas que te ayuden a bajar a lo concreto. Que te permitan discernir lo que de verdad te importa. Si tu siguiente paso te acerca adonde quieres estar a los 30, es un buen paso.>>

Siendo honesto, jugar a saber de la vida es divertido (para mí). Es más, si te lo crees un poco, dota a tus pasos de un aplomo que a menudo deja una perceptible huella. Lo cual no convierte a tus pasos en acertados (¡qué va!) ni tu dirección en la correcta.

Aquel día, como el profesor que da respuesta improvisada a una audaz pregunta, me fui dándole vueltas al tema mientras conducía de vuelta a casa. Discernir lo que de verdad importa. Acercarte adonde de verdad quieres estar. Palabras muy grandes para cualquier consumidor habitual de rutina, estrés y autoayuda.

Ya he escrito anteriormente sobre lo poco que nos paramos a reconectar y pensar en nuestro rumbo. Creo que a pocas personas les gusta de verdad su trabajo. Pocas personas tienen la vida que de verdad quieren. Pero polideportivos, tabernas y tiendas rebosan de profetas improvisados que, como yo aquel día, pecan de exceso de confianza y osadía para sermonear. Para dar lecciones de vida de los demás. Y lo cierto es que no somos ni curas, ni humanistas, ni psicólogos; aunque bien nos vendría escucharles un poco más para llevar unas vidas un poco más humanas, conectadas con nosotros mismos. Más felices.

Todo esto me recuerda a aquel que decía sobre ligar: if you are not confident, pretend it… It will come! Porque, claro, tú y yo sí que sabemos lo que de verdad nos importa y nuestra meta, ¿verdad? ¿VERDAD?

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Un libro que he pillado por ahí que igual da respuesta a algunas cosas. O igual no. Pero hoy le hago publi gratis.

El abrazo más caro de la historia

Algunas anécdotas son tristes y otras son alegres, pero esta no he podido clasificarla aún.

Siempre me ha gustado la carretera nacional de Navarra (N-121), especialmente en su tramo sur. Dejas atrás el paisaje abierto de Pamplona para surcar unos ligeros desniveles, mientras el entorno se vuelve mucho más agrícola. Pasas Tafalla y el escenario se vuelve multicolor y completamente abierto. Finalmente, atraviesas unas curvas por un bosque y sales a la Ribera. Me la sé de memoria, de niño mi padre me llevaba y ahora la disfruto yo mientras dejo que la riqueza de Navarra me sorprenda.

Hoy he vuelto a tomarla, pero ha sido diferente.

Volvía de una cita en la Ribera, de un pueblo en el que tengo un par de parientes. Digiriendo lo que había vivido, pues desgraciadamente no voy mucho y he disfrutado como un enano. Absorto en mis pensamientos, dejando atrás el sol y el cierzo, en un día agradable de invierno, con mi chica apoyada en mi hombro, en silencio. De repente, atisbo por el retrovisor que un todoterreno conduce muy pegado a mí. Leo en la matrícula “PGC” (Patrulla de la Guardia Civil). Reparo en que llevan las luces de emergencia encendidas.

Pongo el intermitente a la derecha y me meto un poco en el arcén para que puedan pasar. Me adelantan y el copiloto me hace un gesto de que les siga. Desconcertado, reanudo la marcha. Mi novia cree que habré malinterpretado el mensaje, pero paran un kilómetro más adelante en un merendero, haciéndome una señal inequívoca. Me paro tras ellos, pensando en que no conducía rápido.

Un agente con mala uva se baja y pide nuestra documentación y la del coche, mientras revisa la pegatina de la ITV –al día, claro. Se vuelve al Patrol. Yo en el coche, flipando. Vuelve el susodicho con su compañero. “Bueno, me dirijo a usted primero –dice mirando a Laura-. La razón por la que les hemos parado es que nos hemos cruzado con ustedes de frente y hemos visto a la chica recostada sobre usted. La postura es muy peligrosa y no se veía si llevaba cinturón de seguridad. En caso de accidente, podría causarle unas lesiones muy graves. ¿Lo entiende?”. Sí, claro. “Bien, ahora con usted –me toca-, es su responsabilidad que los ocupantes lleven el cinturón y vayan bien sentados. Además, en esa postura, podría distraerse y en caso de peligro no reaccionar con la misma agilidad. ¿Lo entiende?”. Sí, claro. “Bien, pues que sepan que por lo primero serían 200 euros y por lo segundo 80, ¿entendido?” Sí, claro.

Se vuelve al coche. Alucino –murmura Laura. ¿Cómo dice? –inquiere hostil el compañero que había permanecido en silencio. “Mire, lo que hemos hecho está mal, efectivamente, es peligroso. Ustedes hacen su trabajo lo mejor posible y habrán visto barbaridades. Yo también trago mucha carretera y veo mucha macarrada impune, así que me sorprende que nos vayan a denunciar por esto”.

Todavía no tengo muy claro de qué va la fiesta, pero las esperanzas de que solo vayan a comprobar la documentación van disminuyendo.

Vuelve el capo. “Esto sería el motivo de la denuncia –me explica, extendiéndome la receta-. Son 80 euros, 40 por pronto pago”. Reviso el papelito, todos los datos son correctos. Vale, agente. De todas formas, en cuanto a pedagogía, me hubiera servido lo mismo si no me hubiera puesto la denuncia”.

“Atrás se indica cómo puede beneficiarse del descuento” –es cuanto obtengo por respuesta. No mercy.

Pues nada, una PGC se ha dado la vuelta hoy en una de mis carreteras favoritas para denunciarme por conducir con mi novia apoyada en mi hombro. Juzguen ustedes. El abrazo más caro de la historia ha resultado todo un riesgo para la seguridad vial. No hay piedad para los románticos, pienso mientras reanudo la marcha, con una impotencia de narices y con dudas (¿razonables?) acerca de las prioridades de ciertos miembros del cuerpo policial y del Estado.IMG_20190105_213845.jpg

Seré un macarra, pero lo repetiría… ¡Viva el romanticismo!

Todos a la fosa común

Las redes se han llenado de chismes, embustes y argumentos de poco recorrido desde la noche del domingo. De izquierdas y de derechas.

Concretamente, sectores de la “izquierda” están de pataleta descomunal. Caricaturizar al votante de VOX, señalándolo como xenófobo, heteropatriarcal, opresor, violento, misántropo, anti-animalista y venerador de Franco; aseverar que es más tonto, en definitiva; es un análisis simplista e infantil.

Siguiendo esa lógica, los votantes de Bildu son ETA y los de Podemos comunistas. Me entristece la ligereza con la que quienes no tienen ni idea sobre la realidad social/económica/política de Andalucía hablan de “vergüenza” o “estupidez”. A mí lo que me avergüenza es la superioridad moral con la que se sienten, no 400.000 andaluces, sino 5 millones de tuiteros no andaluces que se dicen progresistas. ¿Por qué pensáis que la gente que ha votado a quien no les ha jodido todavía es más tonta que vosotros?

Bien haríamos los progresistas (y todos) en hacernos un par de preguntas y empatizar antes de decir que el vecino es gilipollas. Si el PSOE ha caído en Andalucía, algo habrán hecho mal durante años (o algo habrán dejado de hacer). En política, juzgar solo por lo que se dice es error de bulto. Dije que iba a bajar los impuestos y los estoy subiendo, que diría Mariano.

Si queremos ganar al fascismo, al falangismo, no podemos pretender hacerlo en su juego, porque ahí nos ganarán siempre. Tenemos que rescatar los verdaderos valores progresistas y liberales: el debate, la búsqueda de la verdad, el respeto, el razonamiento. Tenemos que demostrar mediante la razón por qué son una elección peor, con argumentos de verdad, maduros. Descalificarles sistemáticamente solo los hace más fuertes. Los políticos, por su parte, tienen que solucionar nuestros problemas, ser una alternativa real, pues son ellos los que llevan años (40 los viejos, 4 los “nuevos”) sin tangibilizar en bienestar efectivo sus discursillos. De un color u otro, han cavado una fosa común a la que nos vamos todos (o casi todos) de cabeza.

Si los progresistas creemos que podemos llevar un país sin contar con los conservadores, sin escucharles o dejarles hablar, obviando los principios que nos diferencian, estamos acercándonos bastante a características de perfil fascista. Estamos siendo tan sectarios como ellos. Estamos siendo peores que ellos.

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Abascal delante de la bandera nacional. Le sienta mal el rojo.

¿Castilla o Euskadi? Reflexión seria sobre La Rioja

Tengo un debate eterno en la cabeza que no termino de resolver: no sé si La Rioja es Castilla o es Euskadi. Para tratar de resolverlo, me he dado una vuelta por allí otra vez.

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Un atardecer por el valle.

Lo cierto es que si son castellanos, han andado más listos. En vez de producir cereal, se dedican a hacer vino, que da bien de pasta -¡y así viven los cabrones! En el pueblo más perdido del valle puedes encontrar pedazo Mercedes aparcado en la puerta. Y oye, piso en el centro de Logroño 5 veces más barato que en Donosti.

Notable alto en economía. En política me despistan un poco más. No sé qué lío se traen con Álava, que si les roban empresas y población… No estoy informado y me pierdo, pero está claro que la gestión diplomática hay que mejorarla. Aunque haya una fabulosa cordillera, la muga la hemos echado pallá hacia el valle y a ojo no distingues Rioja de verdad y Rioja Alavesa. Pero a oído por Dios que sí. Porque en Laguardia se habla euskera, mucho euskera y muy euskera, aunque entiendas la mitad. Bueno, en cualquier caso, deberían darle una vuelta a la política.

En Turismo tienen un problema. En serio, demasiada gente disfrazada haciendo el ridículo. Eso cualitativamente; cuantitativamente, están invadidos, los pobres. Tiene narices encontrarse allí gente de Irún y de la carrera un fin de semana cualquiera. También topas gentes de Tolosa que no sabes que son de Tolosa pero se les nota en el euskera y les preguntas y efectivamente son de Tolosa.

Aunque la palma se la llevan los bilbaínos. Están por todas partes: probablemente haya más gente del Athletic que del Logroñés. Y algunos de ellos son muuuy malos (mención especial a Míchel Kapitan Basauri, que sabe muy bien que “todos los giputxis somos unos hijos de puta y el resto del mundo ya lo sabe también y merecemos que nos peguen y somos unos hijos de puta y somos ETA y sal tú aquí que te voy a dar de hostias”). Esto también deberían revisarlo. Que suban el peaje de la A68, si es que se puede, o un muro o algo, que es lo que se lleva ahora.

Culturalmente, molan. No elaboran tanto los pinchos, pero no tienes que hipotecar un riñón para cenar de potes. Les molan las iglesias (mola, aunque en algunas hay algún mensajillo en plan de Logroño venció al comunismo en tres días y viva el Generalísimo; que lo revisen también, si eso), las piedras y los puentes. Y el vino, mucho. Un poco brutos, aunque menos que nosotros, pero mucho más abiertos y hospitalarios. Sonríen cuando la gente canta en euskera por sus calles, algo atípico en Castilla, siendo el único que se da por ofendido Kapitan Basauri. Contradicciones que uno ve. En fin, en cómputo global, tirando sobresaliente.

Socialmente son enrollados. Joder, hay bares por todas partes y aguatan hasta bien entrada la madrugada. Hacen bien las copas, sin echarle chuminadas al gintonic, fieles a su estilo. Los tíos no bailan (bueno, algo más que los vascos) y alguna chica hasta intenta bailar contigo (eso aquí sí que no). A veces, si pasas de ellas, se cabrean y te mandan a paseo… Bueno, será anecdótico… Como cuando un riojano desconocido te hace una peineta de repente y luego va a abrazarte. Así sin más. La cosa queda simpática porque luego quiere invitarte, supongo que gente rara la hay en todos lados. En cualquier caso, notable también.

La clave está en que no saben jugar al mus. Además, en ocasiones son ambiguos, porque están de acuerdo y en desacuerdo porque ambas cosas son ciertas. Cositas. Así que aunque produzcan pelotaris y jugadores del Athletic, yo creo que NO son vascos.

Sea como fuere, no son castellanos al uso. Bella gente, bella tierra. Si retocaran dos detallitos, igual me replantearía el plan de vida…

*Ah, por cierto, la foto de arriba es en sí ya Navarra, pero estaba chula y me apetecía compartirla.

El mendigo sin hambre: primera y última

Todos tenemos una lista de cosas que nos gustaría probar al menos una vez en la vida, para saber lo que se siente. Así que hoy, después de entrenar, cuando lo he visto ahí, tan bien puesto y cálido, no lo he dudado: me he comprado una ración mediana de castañas.

Bueno, vale, era broma. Esta entra en el grupo de “cosas que nos gusta hacer al menos una vez al año”, pero ha sido el comienzo de una bonita historia.

Con la bolsita de castañas en una mano y el casco de la moto en la otra, me he dirigido al cajero –sí, iba comiéndome mis castañas por el camino, no sé ni cómo. He esperado a un abuelete que le costaba la tira, he sacado pasta y al salir se acababa de poner en rojo el semáforo que me separaba de mi moto. Manos ocupadas y  móvil en el bolsillo, he optado por observar mi entorno.

En el bordillo de un escaparate está sentado el típico mendigo con el típico cartel grande que explica cuán triste es pedir. Lo observo de reojo: ropas viejas, guantes agujereados; sujeta sobre sus rodillas una cestita nueva con unas monedas. Cabizbajo, tembloroso y con los ojos muy enrojecidos de lo que sea.

Lo pienso una, dos y hasta tres veces. Lo que siempre he querido hacer era charlar con un mendigo. Después de sacar la pasta, vestido de traje, con castañas en una mano y un casco de moto en la otra, supongo que éramos contrapunto el uno del otro. Quizá avergonzado por la contradicción, me acerco adonde él: ¿quieres castañas? Según le tiendo la bolsa, levanta un poco su triste mirada, coge la bolsa, se la guarda y murmura un “muchas gracias”. “Que aproveche” le digo, y me vuelvo a mi semáforo que ya estaba en verde. Mientras cruzo, giro la cabeza un poco y me parece ver que la bolsa descansa a su lado, intacta.

Ya está –pienso-, además de irme sin mi charleta, el mamón de él no tiene hambre. Llego hasta la moto y doy un rodeo para poder pasar delante de él en moto sin que me reconozca. Las castañas siguen en su bolsita.

La verdadera contradicción no es que un tío de traje sienta vergüenza moral y le regale un euro de castañas a un mendigo. La verdadera vergüenza es que el tío afortunado vaya a fiscalizar el hambre del desafortunado. Titulares de este estilo (tipo rico regala comida a tipo pobre y éste no se la come) copan medios y nos la suda de una manera increíble. En otros contextos, con otros colectivos, bien que nos ponemos de acuerdo en que no hay víctimas de primera y de segunda, que a las víctimas no hay que ponerlas en duda sino bajo protección, etc. Y yo me pregunto: ¿importa acaso que sea un desgraciado pobre o un pobre desgraciado? ¿Qué es un hombre pidiendo en la calle un miércoles a las ocho de la noche con siete grados más que una víctima? ¿Quién soy yo –que soy el afortunado- para fiscalizar si un desafortunado se guarda las castañas porque no tiene hambre o porque no sabe si hoy cenará? Y si no la tiene, ¿acaso es una víctima de segunda? ¿Acaso me corresponde a mí dictaminar su grado de desgracia? ¿No tiene bastante cada uno con su propia mochila?

No sé si él es mejor o peor tipo por guardarse las castañas, pero lo que sí sé es que mi falta y mi mezquindad son infinitamente mayores que una bolsa de papel con castañas para luego.

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El abuelo y el nieto incomprendido

Aquel día, como otros muchos antes y bastantes más después, salí del cole y fui en autobús a aquellos bloques. De niño me parecían infinitamente altos, acariciaban el cielo como Nueva York en las pelis, con sus tres pisos más bajo. Los bloques estaban muy juntos dando lugar a una calle muy estrecha que recuerdo siempre sombría. También lo era la casa por dentro. Sombría, escasamente decorada, humilde. Vieja. También lo eran los que la habitaban, pues siempre recordaré a mis abuelos como viejos primero y muy viejos al final.

No sé qué comería aquel día, vainas con patatas y algo de gallo frito… Sí, sería algo así, mi abuela siempre preparaba cosas sencillas. Supongo que después yo vería la tele un rato mientras mi abuelo fumaba su Ducados negro que solía apoyar en aquel platillo de metal. Y llegada una hora, la habitual, supongo, bajaríamos él y yo a por el autobús que nos llevase a mi barrio, en la otra punta de Irún.

Nunca entendí por qué la gente no se daba cuenta de que era mayor de sobra para ir solo en autobús. Seguramente, la compañía de aquel anciano parco en palabras tampoco se me antojaba molesta. Bueno, aquella vez se conoce que sí. Yo tenía algo muy importante que hacer. Había quedado en casa con un amigo para, no sé, jugar a las Yu-Gi-Oh o algo por el estilo. Total, que yo que siempre tuve muy mala suerte en la vida (ya lo sabía entonces), el bus se retrasó un poco. Yo, tipo serio y recto, ya llevaba reloj y podía calcular que llegaría muy tarde a mi cita, unos 10 minutos. Así que según nos apeamos en mi barrio, le dije al octogenario que yo apretaba el paso, expresándole la razón de mi urgencia y que ya nos veríamos en casa. Así pensé, así obré.

Cuando entré en casa (no sé si con mis llaves o si no las tenía aún y me abrieron) mi madre preguntó por su padre octogenario. Le dije a mi quincuagenaria  madre por qué había apretado el paso, que tenía cosas importantes que atender. Se disgustó muchísimo y a la noche ma cayó bronca.

Creo que mi amigo llegó a y cuarto, o sea, más tarde que yo.

Y así, supongo, se nos pasa la vida también de adultos: con mucha prisa por llegar a cosas muy importantes, obviando el tesoro caduco que nos acompaña en el viaje y que al apretar el paso no conseguimos más que dejarlo atrás.

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