La parte fea (del Erasmus)

Nadie te cuenta la parte fea del Erasmus. Somos como actores famosos, víctimas de nuestro “éxito social”, que tienen que sonreír, publicar fotos chulas y decirle a todo el mundo cuán bonita es su vida. Mentira cochina.11221346_1061515277232470_2381782805752232280_n

Nadie cuenta su parte fe, sus vivencias más negras. Sus días largos, noches sin dormir, soledad, miedos y otros fantasmas. El otro día releí el diario que llevé (con bastante rigor, por cierto) allí, en aquel mundo paralelo. Y creedme, ni todo el monte es orégano, ni todo el Erasmus es disfrutar de cosas nuevas.

De hecho, en ocasiones deberíamos decir sufrir cosas nuevas. Sufrir el vivir en una cultura, costumbres e idioma ajenos. Sufrir el no conseguir alojamiento, como si no fueras bienvenido en el país. Sufrir la soledad al llegar a casa. No, no hay plato de puré caliente esperándote los días de invierno, ni nadie con quien comentar lo que echan por la tele (si la tienes, y si la entiendes, ja, ja). Hay muchos amigos con los que beber, pero muy pocos Amigos con quienes compartir tus preocupaciones, suponiendo que sepas expresarlas en otro idioma. Mucha gente con la que estar y poca con la que ser de verdad; lo de poca, con suerte.

Sufrimientos, todos ellos, con su necesario y enriquecedor aprendizaje. Salir corriendo y volver a casa es una opción que muchos hemos tenido que descartar día tras día. O salir corriendo a relacionarte con españoles, lo que a veces resulta en realidad una huída a escala.

Ojo. El Erasmus es una experiencia fabulosa: descubres mucho en muy poco tiempo, incluso a ti mismo, si andas hábil. Amí me ha proporcionado grandes Amigos. Pero no es una vida fácil ni tan ligera. No suele serlo. Probablemente, tampoco debe serlo. Cumple bien su función: una apertura exprés al mundo y a la vida, sobre todo para nosotros los españoles, que tanto nos cuesta salir a hacer mundo y vida. Pero me resulta curioso la facilidad con la que ensalzamos la parte blanda y divertida, haciendo quizá memoria selectiva, en detrimento de una experiencia mucho más dura, brutal y desarrolladora.

Como todo en la vida, lo chulo es hacer que lo bueno compense lo malo. Preguntad al sueco que viaja a Irun el jueves para visitarme a ver si el Erasmus merece la pena.

30 de junio

IMG_20170630_092736.jpgEl día 30 tiene algo especial. En serio. Pasan cosas que siento que en ningún otro contexto podrían ocurrir. La emoción por vivir un día de San  Marcial te mantiene alerta toda la noche, a pesar de la resaca. Y así es como con 3 o 4 horas de sueño te despiertas antes de la alarma. Antes de las 3:00. Y coges el coche, vas a escuchar la primera alborada, vuelves a coger el coche, peinas la ciudad en busca de una tasca donde hacer un desayuno continental. No ha salido el sol aun.

A las 6, al son de la diana del barrio, tu mayor preocupación se llama desayuno nº3, con moscatel y pastas. Se suceden empujones, colas y prisas en la plaza Urdanibia. Pero la gente sonríe, pide perdón y te reencuentras con amigos con los que compartes los tragos. Tragos que dejan muy buen sabor de boca.

Y formas filas, recto, muy recto, serio, sintiendo que formas parte de algo mágico. Con la ilusión de representar a tu barrio, con la emoción de marchar a ritmo de parche.

Unos potes con los amigos después de la traca matutina es una gran opción. Después de comer, la siesta es imperdonable.

Llegan las visitas, y les inundas de cultura sanmarcialera, que acogen con gusto y paciencia. Fotos con unos y con otros. A la parada del Juncal de la tarde, diluvia. Otro rollo, parece octubre. Pero la compañía toca y vuelve a tocar las estrofas del “Hoy no vamos a casa”. Y cuanto más llueve más fuerte tocan y la gente lo baila con más ímpetu. Nada puede pararnos.

No voy a describir lo que es bajar la calle Mayor, no encuentro las palabras. El broche lo pone un beso apasionado.

Total, que a la hora de la cena, lo que iba a ser una cerveza entre dos viejos amigos para ponerse al día, acaba siendo todo un banquete en el lugar menos esperado con la gente menos esperada (cómo mola tu familia, María… ¡y qué bien cocináis!).

24 horas después estoy aquí, tirado en la cama, medio muerto, haciendo un croquis de este día 30. Creo que no me dejo nada. Bueno, dos cosas esenciales: todas las caras que he vuelto a ver –abrazo incluido- y ese vibrar de un pueblo que a pesar de las críticas grita al unísono. ¡GORA SAN MARCIAL!

Y tú, ¿a qué coño has venido?

<<Recuerdo un anuncio de Telefónica (querían vender que ser el primero en colgar un concierto en las redes te haría sentir algo muy especial), en este anuncio se hacía creer que un concierto es un sitio lleno de manos en alto de gente grabando y bailando y divirtiéndose mucho. Un concierto es una ocasión para vivir un momento único, con el móvil apagado, o en silencio como poco, para poder desconectar y vivir ese momento. Un sitio en donde se va a experimentar una catarsis colectiva. Y no para estar dando por culo a los demás con ruidos, luces o manos en alto. No es realidad aumentada ni virtual. Es el presente, y si lo estás grabando, te lo estás perdiendo>>.

Con estas palabras, Robe Iniesta (cantante de Extremoduro) mostraba su repulsa hacia ese creciente grupo de personas que pasan el tiempo en los conciertos con su móvil en alto. Y aunque discrepo en algún detalle, comprendo su enfado.

Anoche, 23:00, Plaza Urdanibia. Único ensayo conjunto de Banda y Tamborrada, las compañías de música históricas del Alarde de Irún. Una hora durante la que poder disfrutar de vibrantes melodías excelentemente interpretadas que solo se vuelven a escuchar el día 30. Unas dos o tres mil personas (no es lo mío esto de contar en la muchedumbre), de las cuales tres cuartos no sé a qué fue.

Entiendo un concierto como un momento para dejar la mente volar, viajar con la música, evocar, soñar. Entiendo que ese es el verdadero disfrute que nos da este arte.

Pero la sociedad en general parece no entenderlo así. Por lo que vi anoche, la gente va a escuchar música de fondo mientras charla con el de al lado, cuenta chistes en cuadrilla o vacía unos tercios. Aunque sería injusto omitir que también está el sector hooligan que salta y empuja como si estuviera en un pogo o que grita cual believer.

Todos ellos con argumentos para hacer lo que hacen, y todos ellos me tocan los cojones igualmente. Porque hay espacios sociales para hacer todo eso, donde no incordiar a los que vamos a esta “ceremonia musical” a lo que de verdad corresponde: callar, escuchar y sentir. Y si no es a esto, ¿para qué ir? ¿La fiesta? ¿Seguir la masa social? ¿El difuso concepto de “ambiente”?

Anoche me perdí muchos matices. La alborada, interpretada por solo dos trompetas y tambor, casi ni la oí. Pero sobre todo, me fui cabreado y triste ante una sociedad que, como vengo diciendo hace tiempo, no sabe disfrutar concentrada en un solo estímulo. Ni disfrutar, en general, del presente. Ni distinguir cuándo toca una cosa y cuando otra.

El siguiente paso será comentar en alto con los amigos en el cine, la nueva manera de disfrutar de las pelis. Van a ser las risas.

Violencia, cámara… ¡y yo!

http://www.eitb.tv/eu/bideoa/ur-handitan-2-denboraldia/5762/129599/futbola-jokoz-kampo/

Julen? Jon naiz, EITBtik deitzen dizut. Así empezó mí última experiencia con las cámaras.

No pude negarme. Si hace un escaso mes denunciaba la violencia que había padecido en el fútbol, criticando fuertemente diversos aspectos, era mi obligación salir a dar la cara, a prestar testimonio. Tenía que aprovechar la oportunidad de que un medio de comunicación masivo quisiera dar visibilidad a este problema, que nos atañe a todos (espectadores, padres, seguidores, jugadores…).

Si tu voz suena baja, quieres que te escuchen y te ofrecen un altavoz, lo responsable es hablar.

Volviendo al problema, justificar y normalizar la violencia en un contexto social determinado es traspasar una barrera peligrosa. Cuyas consecuencias sociales se me antojan terribles. Y ojo con perder el foco del problema. Pues no se trata de machismo, ni de racismo, ni de espectáculo o emoción. Se trata de VIOLENCIA hacia una figura por el rol que ejerce, porque alguien tiene que pagar el pato o por mera inercia. Pero es un problema de violencia, y es hacia los árbitros (principalmente, no solo).

Resulta que Jon y su equipo son gente muy sencilla, que miman el detalle con sus medios tirando a humildes (todavía los veo metidos en el viejo monovolumen, con el maletero a tope de sus herramientas de trabajo).

No conozco mucho el sector, pero transmiten profesionalidad. Amables en el trato, sonrientes y chistosos. Consiguen que te abstraigas de cámaras y focos, pudiendo llevar la entrevista con naturalidad.

Las conversaciones transcurrieron fluidas y entretenidas. Creedme: hay muchas horas detrás de 30 minutos de programa, esfuerzo que hay que reconocerles.

También muchas horas de mi agenda, pero eso importa menos. Porque lo cierto es que disfrutas mucho cuando te piden que hables de algo que conoces bien, en lo que estás emocionalmente implicado y que te gustaría cambiar.

¿Quieres añadir algo? – me pregunta Xabier Madariaga, presentador de Ur Handitan. Niego con la cabeza, le doy las gracias y nos chocamos la mano. La experiencia llega a su fin, se me ha pasado volando. ¡Que me haga más preguntas! –pienso para mis adentros.

Laster arte!

Ya no disfrutamos de los amigos

Me he cansado de pasear mis ojos por los escaparates impolutos y perfectamente iluminados. De correr perchas una a una en un gesto automatizado. De andar de aquí para allí, abriéndome paso entre el gentío, derecho a por la siguiente tienda. Para después tomarme un café en ese sitio tan bonito al que va todo el mundo y no puedes ni pedir.

La verdad es que antes iba más de tiendas, porque aunque no quisiera ni necesitara nada, así sabía qué había y cómo eran las tendencias. Ahora invierto ese tiempo en mí mismo y sé mejor quién soy y cómo estoy. Y al menos por ahora el balance es bueno.

Suena quizá a tópico, pero nuestros planes giran todavía mucho alrededor del consumo. Consumo que frecuentemente ni buscamos ni deseamos. Quedamos con alguien y nos vamos a comprar algo, a tomar algo… Cuando lo que de verdad queremos es que nuestros cinco sentidos se centren en esa persona, sin distracciones. Entonces, ¿por qué no recuperamos los paseos tranquilos y los bancos en las plazas? ¿Por qué no cambiamos los abarrotados centros urbanos por los tranquilos barrios y parques? ¿Por qué narices tenemos esa inconsciente necesidad de hacer siempre algo?

Estamos tan preocupados por hacer que nos olvidamos de ser. Tendencia que las grandes empresas aprovechan bien, y surge el viernes negro, el afterwork y veinte mil reclamos más (¡coño, así llamaba mi amona a las ofertas!) del Tío Sam y del Tío Gilito. Me los imagino codiciosos, vestidos de payasos malditos, con las fauces abiertas. Fauces en las que nos zambullimos, mientras cuentan con desprecio nuestros billetes.

Y después vuelta a casa, igual de vacíos, pero un poco más pobres.

Ya no disfrutamos de los amigos, sino con ellos. A este paso, llegará un día en que sean más bien algo coyuntural, algo así como “compañeros de actividad”. Y no confesores y guardianes de nuestro alma, que es lo que estaban llamados a ser.1363942906737

Hoy no me han pegado

Esta vez he andado más rápido que ellos. Quién sabe lo que pasará la siguiente. Dejadme que os cuente desde el principio.

Partido de fútbol de domingo por la tarde entre dos equipos de localidades vecinas, correspondiente a la categoría de juvenil de honor. Uno de los equipos, prácticamente salvado; el otro, en puestos de descenso y en apuros. La primera mitad transcurre con cierta tensión, se nota que hay mucho en juego, pero dentro de la normalidad. Para que os hagáis una idea, al descanso una tarjeta por equipo solo. Segunda mitad. La tensión va creciendo. Yo empleo todas las herramientas que he aprendido durante estos años. Sanciono las infracciones peligrosas, soy previsor con las acciones que ponen en riesgo la integridad de los jugadores, amonesto cuando es oportuno… En ningún momento me muestro excesivamente autoritario, al contrario, intento dialogar con los jugadores en la medida de lo posible.

Y qué triste, me leo ahora y parece que me estuviera disculpando por algo.

La cosa es que hacia el minuto 80 ya he agotado todas las herramientas pertinentes. Hacia el 85, el equipo visitante (el que está en puestos de descenso) está fuera de control. Ni las tarjetas (llevo 7 amarillas) ni ninguna otra herramienta parece poder dotarme de una mínima autoridad. Los jugadores que tengo identificados como reincidentes (sancionados hasta 5  o 6 partidos esta temporada) se mofan (y se relamen). La violencia se huele, hasta el punto en que un par de jugadores locales me instan con una sinceridad aplastante: “arbi, pita ya. Por ti lo digo.”

Minuto 93. Señalo el final, desde lo más cerca que puedo al túnel de vestuarios. Y menos mal, porque llego corriendo al mío bastante justo. “¡Que te inviten a algo ahora!”, dice un jugador visitante pasando a mi lado. Entro y cierro con llave. Hostias en la puerta. “¡Qué hijo de puta!”. “Me cago en Dios”. Más hostias en la puerta. De tal calibre que me pregunto si verdaderamente aguantará. Sigo apuntando la retahíla que oigo desde el vestuario del equipo visitante, que está contiguo al mío. “¡Veras luego, cago en Dios!”. “¡Qué hijo de puta!”. “¡Normal que los hinchen a hostias!”. “¡Es para liarse a hostias todos los partidos que quedan!”. Etcétera. A grito pelado. Os prometo que nunca he sentido tanta violencia en unas palabras.

No me tiembla el pulso al apuntar en una hoja lo que ahora os cuento. Tampoco al pedirle el móvil a mi compañero que arbitra después y que ha entrado al rato a ver cómo estaba, visiblemente alarmado. Y no es para menos.

Empieza la odisea. No quiero ir de valiente, así que lo tengo claro: marco el 112. Me atiende una chica. Me pregunta qué me pasa y le cuento que estoy encerrado en el vestuario y que preciso fuerza pública para salir de aquí, que me están amenazando. Me pide que me identifique. Me pregunta si me han pegado. Que a ver cuántos son. Le insisto en que no sé cuántos son, que estoy encerrado y solo oigo las voces. Me pregunta a ver cuántos hay afuera para sacarme. ¿No habíamos quedado en que estaba encerrado?

Casi a los dos minutos, me pasa con la autoridad competente, la Ertzaintza. Me dice que no cuelgue. Tardan fácil 20 segundos en contestar, que se me hacen eternos. Otra vez identificarme. Otra vez mil detalles de la situación. Que estoy encerrado, coño, que solo quiero que me escolten a mi puto vehículo. Me dicen que mandan una patrulla y cuelgo. Mi compañero me mira asombrado: he tardado más de cinco minutos en conseguir que venga la policía. “Ya ves, tío –bromeo-. El día que estemos en apuros de verdad nos linchan antes de que lleguen”. Igual es medio cierto.

La fuerza pública llega rápido y muy indiscretamente, aparcando el furgón en la puerta y con las sirenas puestas. Llegan unos 5 ertzainas. Viene el delegado visitante haciéndose el loco y de paso a tocar un poco las narices. “Arbi, ¿las fichas?” Haré el acta en casa y os las dejaré en la federación, replico. “Pero, ¡si no ha pasado nada!” Afirmación a la que se suma algún directivo del equipo local, que no tengo muy claro qué pinta aquí. Un policía se los lleva fuera, a hablar, mientras el otro me identifica. Espero un rato. Charlo con otro ertzaina y le cuento, muy tranquilo, qué ha pasado (más o menos, lo que leéis aquí). “Como sabréis por vuestro trabajo, no es difícil percibir quién está violento y te va a pegar un puño antes de que arme el brazo”. Me pregunta si puedo identificar a alguno. Le digo que no. Bueno, mi compañero sí que ha identificado a dos que han hostiado la puerta a placer –le comento.

La central notifica que estoy limpio y que no tengo antecedentes de denuncias. Joder, que yo solo quiero que me lleven a mi coche sin que me zurren. El policía anticipa a la central que no quiero presentar denuncia alguna, diciéndole que simplemente me he sentido amenazado por la afición visitante. NO ME JODAS. No lo digo, pero sí siento rabia. Una rabia de la hostia. No me he sentido amenazado, me han amenazado. No ha sido la afición, han sido los que están en el vestuario al lado del mío y que gritan que me van a linchar. Y yo no he dicho que no quiera denunciar.

Me acompañan fuera. Se ha armado tumulto, no sé si por cómo ha llegado la Ertzaintza o porque alguno me estaba esperando ya fuera. Supongo que habrá sido lo primero. Me acompañan unos pasos. “¿Dónde tienes el coche?” Les digo que a unos 100 metros, y me comentan que tire solo, que vigilan desde aquí. Les doy las gracias y ando firme y sin mirar atrás. La salida de la zona del bar está a medio camino entre donde se han quedado ellos y mi coche. Muy reconfortante.

Conduzco esforzándome por recordar cuantos detalles puedo. Me quema la rabia por dentro. Y la impotencia.

Y por fin aquí estoy, en mi casa, aporreando el portátil. Todavía sin ducharme, con la cami del partido por debajo de la chupa de cuero. Ahora que lo pienso, creo que hasta llevo las medias. Espero no haberme dejado nada en el vestuario, porque he recogido a toda hostia.

Creedme: este mal rato, no vale 35 euros. Las amenazas. Sentir que importa más comprobar que no seas un liante que mandar la patrulla cuanto antes. Que la policía te mire con compasión, con cara de “pobre árbitro, se ha asustado”.La verdad, no me he asustado, curiosamente. Simplemente, no he ido de valiente. Por eso, me jode mucho sentir que la Ertzaintza hoy me ha despachado, procurando las menores consecuencias posibles. Es la primera vez que llamo en ocho años. Yo solo quiero que no me peguen y seguir haciendo lo que me gusta: arbitrar. Y creedme que así lo haré.

Lo más irónico es que al principio del partido me han hecho pasillo, aplaudiendo. Un gesto de mutuo acuerdo entre el ayuntamiento y el club para luchar contra la violencia en el fútbol. Un gesto precioso, simbólico, de mierda, que no aporta (prácticamente) nada. Como hemos podido comprobar 90 minutos después. Lo más jodido es que estamos solos: nadie quiere emprender medidas eficaces que acaben con la violencia en el fútbol. Y cuando la hay, si no hay sangre, la policía lo resuelve más fácilmente posible.

Hace una semana, un conocido me preguntaba por los casos virales de violencia en fútbol base. “Eso por aquí no pasa”, comentaba. Pues sí que pasa, sí. Hoy no me han pegado. Porque he sabido retrasar lo inevitable, porque he corrido más, porque me he inspirado y he pitado el final al lado del vestuario. O, simplemente, porque he tenido suerte. Mañana puede ser otro. Mañana puedo ser yo. Ya basta.

Amistad de calidad, amistad que transciende

Con la brusquedad de la cucharada de puré que no te gusta, me doy la vuelta y echo a andar sin mirar atrás. 5 minutos después atravieso la puerta de El Retiro: ya le echo de menos.

Los que me conocen saben cuánto detesto Madrid. Al irme, cuando paso las cuatro torres y empiezo a vislumbrar Somosierra, se me dibuja una sonrisa en la cara. Pero esta vez es distinto. Madrid, esa ciudad de humo, ruido, prisas y pijos, ha servido de contexto para un necesario reencuentro. La ciudad en la que nadie es de allí, punto de encuentro de un vasco y un sueco. Qué irónico.

Es increíble, querido amigo W., que tras un año sin vernos, sigamos disfrutando así el uno del otro. Porque las relaciones de amistad son el producto de dos múltiplos: frecuencia y calidad. Y apostamos muy fuerte a la segunda, sabiendo que con gran esfuerzo conseguiríamos salvar la primera del cero, y por consiguiente, el producto. La relación.

Podríamos pensar que presenciamos solamente los resquicios de una relación que tuvo sentido en el pasado, en un contexto más amable para ambos y para los dos, en una vida de ensueño, de facilidades, de diversión. Pero hemos vuelto a demostrarnos que esto transciende.

El ser humano necesita la figura del amigo, esa persona independiente con la que conectas para compartir tu vida presente, pasada y futura. También tus emociones. A la que conviertes, si la cosa avanza, en avalista de tu alma.

Y decidiste hacerme avalista a 2000 kilómetros de distancia. ¿Innecesario? ¿Descabellado? A lo mejor, no tanto. A lo mejor le aporto cosas diferentes desde un punto de vista cultural. A lo mejor, sencillamente, desde un punto de vista humano. A lo mejor hemos creado un vínculo tan fuerte que no podemos destruir.

<<¿Tú eres el español que le escribe esas cartas tan bonitas? –pregunta su novia, según me la presenta. Sonrío. Ahora sé que todo sigue igual. >>