Apretarse el cinturón

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Siempre he creído en los momentos de crisis. No es una frase de Mr. Wonderful, lo digo en serio. He visto a personas crecer muchísimo en contextos de este tipo -no me ciño a crisis económicas o sociales. Es una gran oportunidad para extraer lo mejor de nosotros, para dar otro cuarto de vuelta a la tuerca.

Pero a lo que voy. La gente parece haber asumido que 2020 y 2021 serán años de decrecimiento. Con sorprendente facilidad, de hecho, si tenemos en cuenta los estragos que causó la última crisis económica en España. Como consecuencia de esto, parece también bastante aceptado que el Estado va a tener que ajustar su política fiscal para poder recaudar todo lo que va a hacer falta.

Bien, pues este último punto, es mentira.

Bueno, vale, no es mentira, es discutible y a ello vamos. En un contexto de contracción económica, a priori y manteniendo sus prácticas, la Administración puede recaudar menos. Es consecuencia, de hecho, de que empresas y ciudadanos ganen de media menos. Entonces, ¿por qué tendría el Estado que esforzarse en recaudar más si la sociedad está empobrecida? Si una empresa ve reducida peligrosamente su facturación, deberá romperse los cuernos para reinventar su oferta o su forma de funcionar. O no sobrevivirá. Si una familia se encuentra con que donde antes entraban dos sueldos ahora entra uno, tendrá que ingeniarselas para apretarse el cinturón.

Famosa aquella frase de la crisis anterior. Nos hablaban de cinturones, pero habíamos empeñado ya hasta los pantalones.

¿Por qué la Administración sí puede permitirse el lujo de aumentar la presión fiscal sobre la sociedad y ni siquiera nos chirría? Creo que somos muy poco exigentes en ese sentido. Cuando vienen mal dadas, nos parece lógico que todos (ciudadanos, familias, empresas) debemos esforzarnos más. ¿Por qué no somos más exigentes con la Administración? ¿No debe acaso ser más creativa, innovadora, frugal?

Quizá deba, por ejemplo, prescindir de cosas. Una empresa puede quitarse, yo qué sé, las cenas de Navidad, pero en la Administración, ¿no sobra nada? ¿Todo es imprescindible? Claro que prefiere recaudar más, yo también llego mejor a fin de més con 300€ más; ¡menudo mérito! Igual que se paga al gestor privado para que sea capaz de mantener la empresa con lo que tiene a mano, el deber del gestor público es idéntico en su campo. Las necesidades son ilimitadas, pero los recursos… El esfuerzo debe provenir del trabajo de la Administración para hacer las cosas mejor o funcionar con menos, no de la riqueza (ya disminuida) de los ciudadanos.

Ojo, no es una crítica cruda a los políticos ni al estado del bienestar, pues opino que el Estado debe tener músculo. También creo que quienes trabajamos con Administración Pública tenemos cierta responsabilidad en ayudarla a ser más eficiente. Pero sobre todo, y es lo que más me preocupa, tenemos un pequeño cachito de responsabilidad todos nosotros, puesto que somos para quienes trabaja la Administración. Somos, vaya, sus clientes. Quizá el cliente no tenga siempre la razón, pero desde luego que un cliente exigente hace que la entidad funcione mejor. Vamos pues a ello.

Irún: ciudad zombie

Irún no aporta ya nada.

Apenas queda industria interesante ni servicios vinculados. Somos más Medina del Campo que Elgoibar. Los irundarras cada vez vivimos peor. Cuántos jóvenes que quieren quedarse y no pueden. Cuántos pequeños empresarios resignados a subsistir con un pequeño negocio renqueante, sin relevo generacional. Somos un pueblo zombie con escaso atractivo, siquiera para los oriundos.

¿Captar empresas? Según los datos, son más las que desaparecen o se van a otros emplazamientos más interesantes (Elgoibar, 0,014 empresas industriales por habitante; Irún, 0,005). ¿Captar consumidores? ¿Pensáis que el comercio de Irún tiene suficiente atractivo para los de Rentería o Donosti? Yo no los he visto por aquí. Solo podemos confiar en nosotros mismos para salvarnos.

Con estas cartas, ¿qué impulsa el ayuntamiento? Una estrategia estándar de one size fits all: aceras anchas para terrazas, máximas restricciones al vehículo privado y facilidades para bicis. Lo que se hace en todas partes, vamos. Estrategia que asegura su subsistencia como ente municipal recaudador (parkings subterráneos y viviendas les aseguran ingresos futuros) pero no la de sus empresas, en tanto que no facilita el consumo en el tejido local.

En parte, es una tendencia global. No se puede luchar contra el modo de vida individualista tan arraigado que tenemos. Lo que hace la gente con un poder adquisitivo suficiente es ir a trabajar en coche a su taller del polígono de Elgoibar o a su oficina de Zuatzu; parar a la vuelta en un sitio fácil para hacer la compra (tipo Alcampo, Mercadona, BM); meter el coche en su garaje y subir la compra en el ascensor.

Pero en parte, es también fruto de la ausencia de una estrategia realista para asegurar la calidad de vida de la gente de Irún. El ayuntamiento viene esforzándose en hacer de este un pueblo bonito, amable. Amable pero zombie. Casi el 22% de la población de Irun tiene más de 65 años y, con los salarios que se manejan en el mercado laboral actual, ellos son nuestra esperanza en cuanto a consumo. No les voy a pedir que suban con la compra en bicicleta la cuesta de Anaka, la Avenida de Navarra, que vayan desde Behobia al paseo Colón. Y menos el 75% del año en que el clima es desfavorable. Bueno, es que no lo van a hacer. No es una alternativa.

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Fuente: Twitter (@_laborda). Estas magníficas “alfombras” las han pintado incluso en curvas.

Al alcalde le saldrá muy a cuenta enseñar su proyecto de movilidad cuando sale por ahí afuera (y quizá en las urnas), pero a nosotros nos supone una calidad de vida regresiva. Y los irundarras, ¿qué tipo de ciudad queremos que impulse nuestro ayuntamiento?

Amigos, si la estrategia es visiblemente contraproducente, peor es la insistencia en el error. Sirva de ejemplo la re-obra de Letxunborro una década después para instalar un carril bici que absolutamente nadie utiliza como alternativa de movilidad. Más recientemente, hemos podido “disfrutar” de ensanchamientos “provisionales” de aceras por sitios que no son zonas de paso ni paseo, al más puro estilo Calle Fuenterrabía (calle de decreciente interés, ¿casualidad?).

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Eliminación de aparcamiento en Javier Esteban Indart, barrio San Miguel. ¿No sabes dónde está? Normal: no es zona de paso.

O la eliminación de un carril en Letxunborro entre la rotonda de Puiana y la del Ibis: un vial de salida que transcurre entre polígonos. Provisional, dicen; ya veremos. Podríamos seguir hablando del corte periódico del Paseo de Colón o las pintadas en rojo en el suelo para destacar la preferencia de bicicletas. El gobierno municipal afirma que son seguras, pero ya se ha caído el primero. Si no rectifica en medidas concretas, ¿cómo podemos esperar que reformule esta estrategia que lleva legislaturas implementando?

En la carrera nos enseñaban que si no puedes competir por coste, debes hacerlo con estrategia de diferenciación. Hacer las cosas de otro modo de forma que aportes algo más. Por eso, un ayuntamiento responsable podría impulsar una red de consumo local. Potenciar las áreas comerciales existentes en San Miguel o Pio XII, por ejemplo, haciéndolos más accesibles. Pero en vez de eso, les resta incentivos con grandes aceras que en ningún caso aportan lo que quitan. Si no puedo aparcar, no voy a bajar a San Miguel a hacer la compra, me iré a un centro comercial. De los mayores de 65 ya ni hablamos.

Y así, el proceso por el que languidece Irún, no se ve frenado o invertido sino acelerado por la  política estándar del ayuntamiento que si en algún sitio no encaja es aquí. E Irún, para 2030, será una ciudad muy amable. Tan amable que no se verá un alma de lunes a viernes. El enésimo Fuenlabrada o Parla. El último eslabón-dormitorio del área metropolitana de San Sebastián. Tan solo un fantasma de hormigón.

¡Discutid, insensatos!

Cuando me propuse escribir una publicación a diario durante dos semanas, tenía miedo de no poder sacar material suficiente y de calidad. Supongo que este miedo creativo lo tendrán los escritores profesionales de todo tipo. Yo por suerte no me debo a nadie, y aún así me sorprende que dos semanas después no solo he podido sacar un post al día, sino que me dejo cosas en el tintero.

Gracias a tantos amigos y curiosos que os habéis asomado por aquí a matar el rato o saber qué locuras me rondan. Sobre todo, gracias a los que os habéis animado a comentarlas conmigo. En parte, escribo por vosotros.

En parte, quizá mayor, escribo por mí. Este interesante ejercicio me ha obligado a parar (más) a pensar como parte de mi rutina: cómo estoy, qué está pasando, cómo me siento, qué opino de esto. Un ejercicio de (auto)descubrimiento y (auto)conocimiento de lo más interesante al que os insto. Una especie de diario público. Un ejercicio sano de ego.

No está de más recordarlo: no pretendo dar lecciones morales o de ningún tipo. Pienso que cada cual hace lo que puede por vivir bien y ser feliz. Cada uno es de su padre y de su madre, así que no pretendo deciros cómo debéis pensar o vivir, bastante tiene cada uno con su vida. Tan solo compartir con vosotros cuestiones que a mí me enriquecen. Este ha sido el fin de estas dos semanas de tecleo incesante, como también lo es el de Un Silbato en el Espejo.

Cierro el grifo, pero la cuarentena sigue… y no sé cuándo me volveré a asomar por aquí. Reitero que estaré encantado de discutir con todos vosotros (¡viva las redes sociales!) las cosas que aquí sentencio con firmeza. De hecho, son las convicciones las que más deben abordarse, en esa discusión humilde que enriquece a las partes. ¡Ay los matices inadvertidos! Por último, un agradecimiento a Dani Palencia, Ion Rodríguez y Sergio Martínez por sus aportaciones a este sitio, estoy convencido de que lo han enriquecido con su frescura. Y otro a Laura Ijurco, por ser la luz y el sosiego cuando estoy en horas bajas y mi alma no se comunica con el teclado. Laister arte, lagunak!

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Qué queréis, 2 semanas publicando y me he quedado sin material gráfico. Subo esta porque aglutina ideas expuestas: amistad, detenerse, discusión y resaca.

Las cosas que de verdad importan

Estar una larga temporada en casa, con relativamente pocas novedades en nuestro entorno, nos plantea una tesitura nueva con beneficios potenciales interesantes. Personalmente, me ha sorprendido mucho uno que quiero compartir con vosotros: vaciar la mente.

Es increíble cuánto sometemos nuestra mente a un sinfín de inputs. A los más clásicos (preocupaciones del trabajo, situación familiar, deberes del hogar, cuentas pendientes con amigos…) se unen otros más modernos (publicidad,  escaparates, música, interacción del tráfico…). Porque si por algo se caracteriza nuestra era es por la constante exposición a estímulos que nos bombardean. Estímulos que, aunque no les prestemos atención activa o no requieran ningún esfuerzo por nuestra parte, de alguna forma acaban acaparando nuestros recursos. Agotando nuestra mente como la gota acaba agujereando el metal.

Efectivamente, aunque podemos seguir abriendo Instagram, poner música a todo trapo, ver series… El confinamiento nos facilita, casi nos obliga, a “librarnos” de una gran parte de los que venían captando nuestra atención.

En esta situación de liberación de estímulos, es muy fácil soltarse y vaciar la mente. Sacar todo el ruido y quedarse así, sin buscar distracciones. Como el entorno no nos brinda muchas, si no las buscamos, no entrarán. Es entonces cuando surge el milagro: te dejas llevar y tu mente va trayendo las cosas que de verdad te importan. Un beso, una mirada, un regalo que te gustó, un momento en que fuiste muy feliz, un viejo amigo que tienes descuidado pero a quien quieres de verdad, aquello que no te atreviste a decir, ese experimento pendiente.

No viene todo de golpe, claro está. La idea es que si durante estos días nos dejamos llevar más, nos vaciamos de ruido, automáticamente, las cosas que de verdad nos importan, recuperan el protagonismo que las minucias del día a día les arrebató. Y lo mejor es que no nos cuesta nada. ¡Qué magnífico es ser y estar vivo!

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Fuera máscaras: el virus que destapó nuestras miserias

¿Cómo? ¿Que no puedo salir de casa más que para comprar alimentos o ir al trabajo? Venga, hombre…

Claro, coño. Es que tu derecho a hacer lo que te dé la gana está por encima del derecho de otros a la vida, ¿verdad? No puedo evitar pensar en cómo nos cambiará esto una vez todo haya pasado y la verdad es que creo que esta crisis no nos va a cambiar en nada. No al menos para bien. Hace unos días alguien me preguntaba si esto servirá para que los futuros gobiernos inviertan más en educación o sanidad. Mi respuesta, para los que os hacéis la misma pregunta, es que ese tipo de cuestiones no tendrán ningún sentido si en las próximas elecciones volvéis a votar a la puta derecha. Una derecha, que por cierto, se comporta de una forma muy curiosa. Esperanza Aguirre, antaño defensora de la privatización y el negocio, se lanza ahora a los brazos de la sanidad pública después de dar positivo por coronavirus. Ocurre como con los bancos y las grandes empresas que ven amenazadas sus riquezas: cuando sopla viento a favor el sistema es maravilloso, pero cuando colapsa por alguna catástrofe les falta tiempo para pedir billetes a papá Estado. Claro, es que el capitalismo mola hasta que tu dinero empieza a depender de una crisis sanitaria de proporciones casi bíblicas. Emprende ahora, cabronazo.

Creo que cuando nos dejen salir a los bares de nuevo, seguiremos siendo los mismos seres desagradecidos y desagradables que éramos antes del encierro forzoso. El humor se nos empieza a agriar, al principio la broma tenía su gracia pero ya no nos reímos tanto. El próximo reto viral en Instagram va a consistir en aguantar el mayor número de días sin colgarnos de una tubería. ¿Qué desagradable, no? Estamos asistiendo a una explosión de creatividad en redes sociales, de la que reconozco haber sido partícipe. Me preocupa profundamente que nos hayan tenido que obligar a quedarnos en casa para empezar a interesarnos por la literatura o el cine. Si las redes sociales ya son un hervidero de ego en una situación normal, en una situación extraordinaria se multiplica este factor. Nadie publica una story por puro placer inocente, detrás de cada foto impera una máxima: “Mira cómo mola lo que hago”. Me da asco y aun así lo consumo y lo utilizo. Contradicciones del apocalipsis, supongo.

Solo tengo un deseo. Espero que esta crisis no nos termine de volver más subnormales de lo que ya somos. Espero que todo el mundo respete las normas de este nuevo juego para que cuando nos levanten el “castigo” yo pueda decir: Ostia, que plan de mierda, esta tarde me quedo en casa.

-Sergio Martínez.

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Cuando todo esto acabe

Cuando todo esto acabe, no renunciaremos a la codicia. No renunciaremos a un poco más de dinero por ver más a nuestros padres y abuelos o estar más cerca de ellos.

Cuando todo esto acabe, no pasaremos más tiempo con nuestros amigos y menos delante de una pantalla. No nos quitaremos de Netflix para salir, subir al monte, bañarnos en la playa o perdernos por la ciudad. No subirán las visitas de los museos, ni el número de asociados, ni las ventas de los libros de ensayo. No renunciaremos a nuestro ego y sus redes sociales en pos de partidas a las cartas, al Monopoly y jugar al asesino.

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La vida ahí afuera…

Cuando todo esto acabe, en realidad, no viajaremos más a todos esos sitios que nos prometimos que visitaríamos. No nos apresuraremos a ver Madagascar, Koh Tao, Loarre, Mar Menor, Estrasburgo o Atenas.

Cuando todo esto acabe, no saldremos a las calles a manifestarnos como perros rabiosos porque se nos ha tomado por estupidos. No iremos a Ferraz, a Moncloa, a Ajuria Enea, a abuchear a nuestros líderes políticos por anteponer sus intereses privados al bienestar general.

No saldremos a quemar el país hasta que digan la frase “pública, universal, gratuita y de calidad“. Hasta que prometan que España será famosa por sus investigadores en menos de lo que levantan los chinos un hospital.

Cuando todo esto acabe, no abandonaremos nuestros pequeños egoísmos de submicrosegmento identitario para pelear por un bien común que es mucho más grande que la suma de los colectivillos. Incluso que los individuos.

Cuando todo esto acabe, vaticinaba ayer un amigo, el primer sábado será el sábado de cena de todas las cuadrillas del país. Algo que será recordado como (perdón, Jesús, por banalizar un poquito) La Primera Cena. Seremos personas con más experiencia, pero no mejores. Cuando vuelva la normalidad, volveremos, precisamente, a la normalidad. Y la Gran Pandemia China será recordadá por empezar con la cena del murciélago y culminar, precisamente, con eso: otra Cena. Y punto.

 

Cumpleaños…¿feliz?

Hoy ha sido el cumpleaño de uno de mis compañeros de piso. Cuando ha venido de trabajar, hemos bajado la persiana y encendido unas velas que presidían la tarta más grande que haya visto en mucho tiempo. Canción de rigor, soplido, aplausos, palmaditas en la espalda. Ya sabéis, un cumple entre tíos.

Otro compañero, al rato, ha lamentado la situación, lástima que te haya tocado cumplir años entre semana y con la cuarentena, y me he quedado pensando. Lo cierto es que, si el cumpleañero hubiera sido yo, no hubiera esperado ni necesitado nada más. ¿Qué falta? ¿Salir de fiesta? ¿Ver a más gente? Mi amigo ha recibido cientos de (video)llamadas y hemos pasado una tardenoche agradable de deporte, tarta y peli.

He de reconocerlo: nunca he sido un apasionado de los cumpleaños, mucho menos del mío. No llega a darme pereza, pero bueno, es un día en el que valoro los esfuerzos de mis seres queridos por encima del impacto emocional en sí que me genera. También creo que desde que he minimizado mi vida a un único escenario/espacio, vengo apreciando los detalles de otra forma. No me causa tristeza encerrar mis vivencias en este piso durante una temporada, al contrario, celebro los imputs positivos que se suceden. Cada rato de risas, cada tortilla de patatas bien hecha… ¡Hasta los putos vídeos de youtube los desgrano más!

Varios amigos míos cumplís años en estas fechas y espero que leer esto no os agüe la fiesta, sino al contrario. No creo que en África soplen velas en tartas. Somos unos afortunados de que esto sea temporal y de que nuestra gente siga viva y demostrando su amor. La “fiesta” puede esperar. Que este periodo sin distracciones nos sirva para degustar más al detalle los sabores originales de la receta.

Feliz cumpleaños, Kumar.

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A largo plazo, todos muertos

Hace poco más de cien años, los economistas tenían confianza real en el largo plazo. Según las ideas clásicas, las medidas adecuadas en el corto plazo eran aquellas encaminadas a que el largo plazo funcionase bien y equilibrado. Sin embargo, con el Crash del 29, las ideas de Keynes se fueron imponiendo. Ante la mayor crisis económico y social de la Historia, sostenía, hay que olvidarse un poco del mañana para dar respuestas eficaces a los problemas de hoy.

No me quiero liar con términos ni historia de la economía así que seré muy práctico. Año 2020. Una crisis nueva, no la más gorda, pero sí de una tipología no antes vista en el capitalismo moderno. Una crisis en la que tanto oferta como demanda se ven drásticamente reducidas (ni las tiendas operan ni salimos a gastar) por cuestiones diferentes a las habituales. Una crisis en la que estamos viviendo mucho más al día que nunca. El estado de la Nación parece cambiar cada mañana con la comparecencia del Comité de Seguimiento del Coronavirus y también la opinión pública.

En este contexto, parece que nada más importa más allá de combatir al bicho. Ya nadie parece acordarse de las pensiones, del déficit y la deuda, de la España Vaciada, del fútbol, de la tasa Google, de la violencia de género, del nacionalismo separatista (bueno, de este, algunos pobres idiotas sí). Y efectivamente, algunos temas quizá podrían esperar, pero sin duda es de urgencia tomar las medidas adecuadas hoy para que la economía funcione mañana. Después de todo, vivimos en un sistema capitalista en el que subsistimos gracias a un tejido empresarial que produce bienes/servicios, en el que trabajan personas a cambio de dinero, con el que consumen otros bienes/servicios. El Estado recauda de estas actividades y con ese dinero ofrece servicios públicos y brinda un estado del bienestar. Si rompemos esa rueda, todos, sobre todo los que tenemos menos recursos, nos vamos al carajo.

Hoy nadie está pensando en qué hay que hacer de cara a mañana. No espero que el aitona Koldo lo haga, pero coño, nuestros líderes… Sí espero que se olviden un poco del hoy para dar respuestas eficaces al mañana.

Permitidme un atrevimiento: si Keynes estuviera, quizá diría “tomorrow we might die; ceteris paribus, after tomorrow, for sure we will”.

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“A largo plazo, todos muertos”. Foto: quotehd.com

Líderes en ridículo(s)

Hace unos días se pasaba a escribir por aquí un buen amigo, Dani Palencia. Entre él y lo que viene escribiendo Julen, joder, el listón está muy alto. Casi al nivel de nuestros líderes. Perdón, me refería a nuestros mandatarios. Unos individuos que sólo saben dar órdenes. Que como siempre actúan a posteriori. Eso de anticipar no está en su diccionario. Son más de reaccionar. Y de hacerlo tarde, de paso. Y ya que estamos, buscando intereses personales o partidistas. Sánchez, un narcisista que haría lo inimaginable por perpetuarse en el poder. Torra y su séquito de nacionalistas que viven su batalla particular, en un puto mundo paralelo. Y luego está mi amiga Lupe, más conocida como Díaz Ayuso, la de los atascos madrileños: “Estoy convencida de que el coronavirus lleva más tiempo en España, porque la conexión con China es directa, no tenemos una sola goma de pelo que no sea MADE IN CHINA”. Cada uno es más bajuno y repugnante que el anterior. Al nivel de las heces que portan el virus.

Hay quien dice que tenemos lo que nos merecemos. Que esta gente son un reflejo de la sociedad. Me niego a aceptarlo. Me niego a creer que representen a los médicos, trabajadores de supermercado, farmacéuticos, camioneros, profesores, policías y resto de currelas que siguen a pie de cañón. Ni a nuestros mayores, nuestros niños, familias, amigos, parejas… que están siendo verdaderos líderes. Actuando de forma modélica, ejemplar. No creo que ni Sánchez, ni sus 22 bufones nos representen. Tampoco creo que San Pablo, el tío Santi o la nueva Rosa Díez (Inés para los amigos) mejoren lo que hay. Son todos ramas de un mismo árbol. Miembros de una misma familia.

Dicho esto, las cosas se hacen mal (para variar), el asunto se pone feo y en cuatro días pasamos de algún foco controlado a aplicar uno de los estados excepcionales que recoge la Carta Magna. Ni Alfred Hitchcock en Psicosis. Pero, ojo, cuando parecía que ya no se podía sorprender más al público, llega Sánchez con un nuevo giro de los acontecimientos. Nos trae la receta mágica. 200.000 millones de euros. Toma ya, récord en la historia de España. ¿Alguien da más? Lo llaman ayudas para afrontar la crisis. ¡Cuánta filantropía, cuánto amor por los conciudadanos! Una medida tomada por algunos de los 350 diputados de nuestro congreso. Que perciben de media unos 5000 brutos al mes. Eso sin contar extras por estar en el gobierno, cargos orgánicos… 5 veces más que los currantes del súper, 4 veces más que un farmacéutico y 2 veces más que de un médico. Podrán llamarme populista, pero visto el nivel de quienes mandan, me parece una puta vergüenza. Y no van a ser ellos quienes paguen esta factura. La vamos a pagar los de siempre. Principalmente, dos damnificados. Los jóvenes, con unos niveles de paro que lo vamos a flipar y las clases medias, que desaparecerán cuan Albert Rivera, con crujidas de impuestos.

Yo ya no voy a pedir nada al ejecutivo ni al legislativo. No confío. Soy más escéptico que nunca. No creo que se vayan a depurar responsabilidades. Pero oye, ojalá el pueblo hable, en la calle, sin urnas de por medio, y defenestremos a Sánchez. A él y al resto de ineptos. Porque aunque yo haya votado a alguno de estos partidos, jamás pensé que se podrían hacer las cosas de forma tan nefasta.

Einstein lo predijo, yo lo recuerdo: “El mundo no será destruido por quiénes hacen el mal, sino por aquellos que lo observan y no hacen nada”. Quien la haga, que la pague. Joder, qué bueno esto de escribir, de desahogarme. Podemos seguir con la cuarentena.

-Ion

LAS 3 CARAS

Las tres caras de la inoperancia

Cuestión de prioridades

Al final, todo esto del Coronavirus tiene dos aprendizajes geniales: qué decisiones toma la gente en situaciones de tensión, de estrés, de peligro, por un lado; y cuáles son las prioridades de cada uno.

Es curioso cómo el ser humano puede ser tan gilipollas ante la percepción de peligro: llenar el carro con papel del culo en vez de comprar arroz, agua y paracetamol; más natillas de las que una familia entera pueda comerse antes de que se caduquen; guantes para salir a por el pan, pero pasean al perro 8 veces al día; mascarilla tipo 1 pero no están infectados. Merece la pena analizarlo. La próxima hablaré del individualismo y la colectividad, hoy no voy a eso. Pero sí enfatizar que, en situaciones de estrés y tensión, somos capaces de tomar decisiones de verdadera mierda.

Y por otro lado, están las prioridades. Lo podemos analizar vía cesta de la compra, pero hay una perspectiva mejor. Mirad a la gente de vuestro entorno y preguntaos o preguntadles: por qué van a trabajar, por qué instan a sus trabajadores a que acudan al puesto, por qué se lavan tanto las manos, por qué compran donde compran, por qué son tan críticos con quienes salen de casa. Es una oportunidad inmejorable para escarbar.

Pensadlo bien: hay una realidad (vas a pillar el bicho) que se va a cumplir en un plazo, condiciones y causaidad absolutamente impredecibles, con unas consecuencias muy variables (ninguna hast la propia muerte), con el agravante de que no sabes ni sabrás nunca si te has librado ya o le queda a la partida. Es el mayor escenario de incertidumbre personal al que se ha enfrentado mi generación (mis abuelos deben estar partiéndose el culo desde el cielo, menudos pringados, pensarán; mi aitona que iba de noche escondido en vagones para traer harina de Castilla).

En esta tesitura, hay gente tomando decisiones sensatas, que no paran el país y les permite seguir funcionado, pero con un sentido de la responsabilidad reforzado. Y no hablo de Amancio Ortega, no:

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Iniciativa de la carnicería Lasa de Irún. Una forma de seguir prestando servicio, pagando salarios, pero reduciendo al mínimo la exposición.