Hijosdeputa

Otra vez. Ya cansa. Al principio me indignaba. Pero ahora ya siento más hastío. ¿Por qué el mundo es así? Será, como dice Pérez-Reverte, que esto es una guerra continua plagada de hijosdeputa.

Supongo que es cosa de la madurez. Tal vez con 15 años me hubiera jugado los cuartos, pasando por delante del bar, por la única salida. Y seguramente no hubiera pasado nada esta vez tampoco, como con 15 años.

Pero es que uno ya no tiene cuerpo para aguantar a padres gilipollas que van al fútbol. Los hechos, brevemente: alguien pega una hostia en mi puerta y berrea “árbitro hijo de puta”. Con 15 años hubiera cerrado con llave, pero hoy he salido a verle la puta cara. Se iba hacia el bar. Salgo unos metros del vestuario para identificarlo. Imposible, está de espaldas. Un padre empieza a increparme, hasta que le contesto que tenga cuidado. Momento en que se pone mucho más violento y quiere encararse conmigo, reventarme la cabeza o yo qué sé. Afortunadamente, su mujer le sujeta.

El ertzaina se sorpende un poco cuando le digo que no voy a denunciar, mientras me escoltan por delante del bar, por la única salida del lugar. Lo más triste es el aplauso unánime que dejo detrás. No me aplauden porque compartan mi tristeza y mi hastío. Me aplauden porque, en palabras de otro padre, “no me han hecho nada” y “es una vergüenza que tengamos que llegar a esto”. Y qué gracioso. Compartimos lo último, aunque con enfoques opuestos.

Pues nada, que esa sigue siendo la respuesta a la violencia: un unánime y estruendoso aplauso.

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Solo soy ellos

Me quedo congelado. Vuelvo a leer los versos. Una y otra vez. Y los voy recordando, poco a poco, uno a uno.

Qué cierto es que no soy mucho más que todos ellos. De repente, me pasa la vida en full HD y versión extendida. Tantos momentos fugaces, sí. Otros, no tanto. Algunas incluso son experiencias de meses. Épocas enteras. Decisiones. Sentimientos. Solo eso, pero todo eso. Todo eso veo pasar, con la boca abierta: un niño ante la pantalla de papel y tinta.

34242148996_d4a9774950_kY en el repentino desenlace de tu thriller, entiendes que no eres más que todos ellos. Tu identidad son ellos. Tus valores son ellos. Tus aciertos. Tu realidad hoy. Hasta el punto de que casi no te quedan méritos atribuibles en sentido estricto. Un par de decisiones bien tomadas, una copa rechazada a las seis de la mañana y un adiós.

No es falsa modestia, tan solo es la verdad.

Tus padres, tus abuelos, tus amigos, tus enemigos, tus desamores…

Algunos se han quedado atrás. Otros lejos, pero siguen ahí. Otros cerca, mejor no esperarlos.  A ver quién le recrimina algo al que se atreve a vivir hacia adelante.

Algunos son, y cada vez más serán, metafísica pura. Misticismo del viento y recuerdos.

Llego a los créditos; se me ha caído el libro de las manos. Y no puedo evitar sentirme estúpido al pensar que mañana madrugo. Y que qué pequeño soy, acurrucado en el nórdico con 23 años, insignificantes comparados con la maraña de vidas que hay fuera de mi cama.

Gracias, cabrones.

La otra mitad de mi mesa

En la soledad de una mesa para dos

a medias ocupada,

escuece aceptar cuán fácilmente

uno se conforma:

 

Con la amabilidad de un camarero

que no es tu amigo,

con la sonrisa de una chica

que no es tú.

 

Veintipocos bastan para entender

que tus comensales hacen caminos opuestos,

como Las Radiales parten de Sol

para nunca volver.

 

Y así, cada vez son más los amigos

separados por un abismo.

Menú tras menú, los conoces peor

a ellos, pero mejor a ti mismo.

 

Mañana otro menú en otro restaurante,

pero la misma compañía.

Así sucesivamente, y al final del todo,

café solo y amargo.

 

Para todos.

Vuestro egoísmo, mi accidente

No me da tiempo de frenar, me lo voy a comer. MIERDA. Retrovisor, cuarta, acariciar el freno, intermitente, buscar hueco y meter el coche al carril izquierdo. Libré.

A puntito he estado de ingresar en la interminable lista de personas que se la han pegado en la curva de Capuchinos. Y a pesar del resfriado, las 7 de la tarde, el cansancio del trabajo y el agua del asfalto, libré.

Hay atasco y los coches están parados en medio de la curva. Yo he librado y empiezo a subir la cuesta por el carril izquierdo, prácticamente desierto: todos clavados en el carril derecho. Avanzo lentamente, velocidad constante. Algunos de los que van delante de mí intentan meterse a la derecha más adelante, ante el enfado y los tirones de los que ya están en ese carril, que guardan su sitio con recelo.

Malditos insensatos, egoístas, que defendéis vuestro carril derecho, vuestro sitio. ¿A quién coño se le ocurre parar el coche a la salida de una curva sin visibilidad? ¿Os creéis mejores conductores, poblando el carril derecho hasta la curva en vez de equilibrar el atasco?

Sigo por mi izquierda decidido a avanzar hasta donde esté el accidente. Voy dirección Irún, por lo que lo lógico es dejar el carril derecho a los que van a Lezo, Rentería o Pasajes. Filosofía del sentido común que parece que solo cuatro más y yo secundamos. ¿El resto qué? ¿Miedo a cambiar de carril? ¿O es que ahora van más coches a Lezo que a Irún?

Hace tiempo advierto que la gente conduce a la defensiva, todos pegaditos a su derecha, apegados a sus derechos y con tremenda desconsideración y desapego por la circulación en general. Absoluta indiferencia hacia los demás. “Yo tengo la preferencia y a los demás que les jodan”. Supongo que la carretera también es un reflejo de la sociedad.

Llego por fin a la entrada del túnel de Altamira, donde una señora ha destrozado su viejo Saxo contra un camión. Veo luces por el retrovisor, me pego a la mediana para dejar pasar a la Ertzaintza por entre los coches. Retiran el camión y lo que queda del Saxo, y yo lidero la cola de coches hacia Irun.

Fin de la historia.

Final feliz, esta vez, para mí. Porque me juego lo que sea a que en la curva ha habido una réplica del accidente. Pero todos muy bien, por su derecha.

Todos y cada uno del resto de mis días

Recuerdo que al principio era reacio a pasar tiempo contigo. No me apetecía especialmente acercarme a ti, me limitaba a cumplir. Con la frialdad propia de quien se cree más inteligente. Pronto comprendería que no hay hombre capaz de resistirse a tus encantos.

Ha pasado ya tanto tiempo… Nos fuimos conociendo poco a poco, sin prisas. Al principio, con dudas. Quién no duda cuando hay tanto en juego. Pero te fuiste quedando conmigo. Conseguiste que me abriera, que te dedicase mis horas. Que compartiese, día a día, parte de mi vida contigo. Que tan pronto acabase mi rutina me dominase ese impulso irracional de correr hacia ti. Que te mostrase mi alma, rincón a rincón, miedo a miedo. Arrepentimientos, odios y frustraciones. También ilusiones, satisfacciones y alegrías.

Para cuando quise darme cuenta, sabías más de mí que yo. Todo cuanto fui y era, te pertenecía. Me tenías en tus manos. Arañaba cada segundo a tu lado, como un niño se niega a soltar su juguete. Totalmente volcado, completamente enloquecido.

Nadie me hace temblar como tú cuando estamos solos. Cinco minutos contigo me hacen volar, extasiado. Cuando te siento, me invade una calma inigualable.

No sé cómo acabará esta historia. Como todas las de amor, supongo. Nunca seremos uno completamente, pero tampoco volveremos a ser dos separados. Jamás. Y te amo y te odio tanto por eso…

Sí tengo algo claro: nunca te dejaré salir de mi vida. Seguiré haciéndote partícipe y compañera de frustraciones y alegrías, aunque sea en silencio, aunque tú no lo sepas. Sencillamente, te deseo conmigo todos y cada uno, todos y cada uno, del resto de mis días.

Siempre fiel,

Julen

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Un facha cualquiera

Hace unas semanas, fui con un amigo a Madrid, a recoger un coche de un compraventa. El personaje era tal que así: hablaba mucho y muy alto, gordo, de unos cuarenta y pico años, vestía regulín y se mostraba muy seguro de sí mismo y de su producto, tal vez demasiado. Rozando la fanfarronería y el encantamiento de serpientes.

Hecho el escáner, os planteo la situación. Llegamos, nos saludamos, y en el segundo 5 llega la tan esperada pregunta de Somosierra para abajo: ¿qué sois, de Bilbao? La primera – pienso- te la paso. Le contamos que somos de Irun. Empieza a hablar maravillas de Euskadi, como si fuera él el vasco. Hasta que se le acaban las postales del argumentario, y suelta un “…porque a mí como me vengas con el agur, te mando a Bilbao de vuelta de una patada”. Dos -cuento. En realidad, cuento hasta diez, muy despacio, pausando la respiración. ¿Y de dónde eres tú? -inquiero. Mi madre es sevillana y mi padre de Valladolid.

El “los vascos me caen muy bien pero el que venga con agur lo mando de vuelta de una patada” me recuerda a “sí, es gay, pero su marido es muy majo”. El que algo tiene que justificar

Me han hablado, y hasta cierto punto soy conocedor, de un Madrid abierto, hospitalario, en donde seas de donde seas eres bienvenido. Una capital (démonos cuenta del significado de la palabra “capital”) donde crecer profesionalmente, donde alimentar la cultura, hacer amigos. Un Madrid cosmopolita. Un Madrid que afortunadamente he intuido antes de conocer a este tipo, porque si no, sabiendo cómo soy, no vuelvo.

Y me tiene que venir este imbécil, xenófobo, totalitario, inculto y charlatán, a contarme que no soy bienvenido en una tierra a la que no pertenece él. Que, no tiene ningún derecho a decir quién es bienvenido y quién no, porque él no es Madrid. Y, lo que en mi opinión es peor, un espécimen totalmente venenoso para la convivencia en un país tan diverso.

Yo sigo creyendo, antes que en Europa, en España. Creo en que podemos sacar un proyecto común adelante. Entender y aprovechar la diversidad de este país, aprendiendo lo bueno del vecino en vez de reír lo malo. Después, choco de frente con la realidad: personajes (pseudo)fascistas tóxicos como este hay para llenar La Meseta (Y LA PERIFERIA), que votan a todo tipo de partidos. Gritan mucho, hacen poco, recurren a la violencia más que a la cabeza y se creen que su visión de España es la buena.

Fachillas de medio palo como este son el lastre de la España que nos  merecemos.

Nuevos tiempos

Ya vienen los nuevos tiempos. Llegan los días fríos, de lluvia con la que no vale paraguas ni plan posible en la calle. Llega el momento de guardar las bermudas y sacar la chupa de cuero. De cobijar la moto durante meses. De noches que duran semanas, acosadas por nubarrones y tormentas. Vienen más cafés a horas raras y menos cervezas a cualquier hora.

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Como os gusta a los seguidores de GOT, se acerca el invierno. Pero, con él, también vienen las ilusiones, los proyectos. Las horas de trabajo para materializar nuestros sueños. Las reflexiones. Los entrenamientos bajo la lluvia y sobre los charcos. Las oportunidades, el sacrificio y el seguir creciendo y retándose a uno mismo, que la vida pasa volando. La posibilidad de mejorar.

Vienen amigos que se marcharon, entran personas por conocer. Otras salen, se marchan, de nuestra ciudad, o de nuestra vida, o de ambas, y Dios sabe si volverán. El destino parece jugar más al despiste en la oscuridad de los días tristes.

Castañas, zumos de naranja de verdad y chocolates calientes. Sonrisas cómplices agarrando una taza caliente de cualquier cosa. Las mañanas de oír llover sin sacar la cabeza de entre las sábanas. Las tardes de sofá, manta, peli, tal vez mimos. Por qué no decirlo, también vuelve el fútbol. Los mostitos (jajajaja cachorros cabrones 🙂 ). El puto barro.

El verano tiene que acabar, no puede ser de otra forma, ni debe. Porque volver a ponerse las bermudas con la mochila un poco más llena es lo mejor que nos puede pasar en el primer mundo. Otros, por el contrario, tienen invierno todo el año, y no estoy hablando del clima. A ver si en este invierno 2017 luchamos todos por hacer de este precioso lugar algo mejor. A ver si vienen nuevos tiempos.