¡Es la venta, estúpido!

¿Os acordáis de Mägo de Oz? Totalmente desmembrada su formación original, su último hit se llama Tu madre es una cabra (sí, en serio), en el que colaboran con (coged aire) La Pegatina. Una aberración para cualquier seguidor del metal, y en cualquier caso mala tanto por composición como producción. La enésima boñiga que nos ofrece la banda madrileña, cuesta abajo y sin frenos.

Ahí os dejo la canción. Aguanté hasta el 3:07, a ver vosotros.

Esta decadencia, sin embargo, no es ni mucho menos exclusiva de los Mago. Según un libro que estoy leyendo, un grupo de éxito tarda tres discos y cinco años en alcanzar la gloria y empezar a sacar mierda. En el caso de Mago de Oz, esto encaja perfectamente entre La leyenda de la mancha y Gaia. A partir del quinto año, dice el libro, los artistas entran en sequía creativa (y por tanto fracasan, porque todo suena igual), o intentan explorar nuevos y abruptos horizontes (por tanto fracasan, pues ya no suenan a aquello que los encumbró).

Mi reflexión es esta: la forma en que consumimos hoy la música favorece y acelera este proceso de auge-declive. Cuando yo no escuchaba metal y acabábamos de entrar en el euro, en casa teníamos CDs y cintas. El difícil acceso a la música hacía que escucharas los que tenías enteros, una y otra vez, captando todos los matices, memorizando a la fuerza las letras. Te gustase más o menos, conectabas con la obra.

Hoy, para empezar, la música se ve más que se escucha. Las bandas viven de los conciertos, los videoclips en Youtube y las interacciones que generan sus publicaciones en redes sociales. El disco, como cúmulo de canciones que se integran en un todo, ha muerto para las masas. Es lo que tiene la era de lo inmediato: canciones con ritmos, sonidos y letras lo más fáciles posible, aunque rayen lo absurdo. Solo importa el aquí y el ahora; no pongas tres canciones del mismo género en Spotify, que me aburro. Por el contrario, hacer ruido, generar expectación e interacciones, VENDE (entonces, ¿a los Mago los podemos llamar vendidos?), por encima de la calidad objetiva de las obras. Por tanto, los artistas que llegan a la primera fila (los que más venden, no los mejores, ¿ha quedado claro?) se ven obligados a lanzar con la mayor frecuencia posible contenido (no música) que dé que hablar. El dichoso videoclip de mierda, por lo que sea, lleva medio millón de visitas en Youtube en menos de dos semanas. A Beethoven todo esto le pilla tarde, claro.

No quiero ser un reaccionario. La canción como formato tampoco existía hasta hace unos 200 años y lleva apenas un siglo como la conocemos. ¿Muerte a la canción y todo Txus (¿quién ha pillado el chiste? jajajaja) a componer ópera? Qué va, si el problema no es el formato. ¿Es que todo lo que no sea heavy-rock es basura? Para nada, pues le pasa a Mago de Oz, a Don Patricio y a casi cualquier otro susceptible de salir en la gala de Nochevieja en televisión. Es un tema de calidad. Y la música, como expresión artística, no es un bien de consumo inmediato, sino que requiere para su disfrute de dedicación, tranquilidad y un poco de cariño. Activos difíciles de encontrar en nuestra época y, joder, me da mucha pena. Como diría Labordeta, ¡a la mierda!

Aunque jueguen al límite entre la genialidad y la vergüenza ajena, esto es una muestra de cómo pueden combinarse estilos musicales, sátira y formato “vendible”, sin renunciar a la calidad.

40 años de política de (anti)euskara

“Una lengua no muere porque la gente no la aprenda, sino porque aquellos que la conocen no la hablan.”

El euskara no morirá, pero tampoco va a vivir.

No si seguimos así. Según el observatorio vasco, cada vez más gente se maneja en euskera, pero cada vez menos lo habla en el día a día. Por tanto, llevamos 40 años de política errática obligando a la gente a saber euskera. Errática, en tanto que ha fallado su objetivo teórico: que sea una lengua más viva.

Me viene a la mente una metáfora. Está Escandinavia, donde la gente quiere pagar motu proprio por el transporte público porque son conscientes de lo que cuesta. Está España, donde se aumenta la presión fiscal pero no sube la recaudación, porque la gente no quiere pagar. En Euskadi, los políticos llevan aumentando la “presión fiscal del euskera” desde que tengo uso de razón. Engañándonos con interpretaciones sesgadas sobre la “demanda de euskera” para justificar determinadas partidas y actuaciones (promover desde el Estado la oferta, que normalmente gestionan los adeptos y por ende expande su poder).

Un ejemplo de esto es que “la mayoría de la gente prefiere matricular a sus hijos en modelos prominentemente eusquéricos (B y D)”. Es falso: generan leyes que favorecen que los centros pivoten a esos modelos para poder sobrevivir. La gente matricula en modelos B y D porque no queda oferta pública en modelo A. Los que vivís en ciudades, seguramente conozcáis ejemplos de coles llenos de inmigrantes (porque eran A) donde ahora son B. Y no se habla ni papa de euskera.*

Allí la lengua quizá la conozcan, pero no está viva, porque simplemente se ha impuesto. Si a la gente en vez de mostrarle lo bueno de pagar, le obligas a pagar, no deseará pagar. Organizar una jornada de divulgación toponímica de palabras de raíces eusquéricas con 20 plazas, no dispara la cantidad de vascoparlantes. Obligar en una convocatoria de 20 plazas a tener un PL3, sí. Pero, ¿cuál despierta un interés sincero por la lengua? ¿Cuál hace que la gente la desee hablar?

Pensad en las bolsas de plástico del súper: prohíben que sean gratis porque los políticos no son lo suficientemente buenos para conseguir que deseemos no usarlas. Con el agravante de que las batallas identitarias salen más rentables. Y es que el euskera es, por desgracia, un arma política e identitaria que blanden sin vergüenza nuestros políticos. No es muy distinta de la apropiación que hacen otros partidos españolazos con elementos con los que les conviene alinearse (véase Blas de Lezo, García Lorca, el ejército, la okupación, etc). Con la mezquindad de quienes anteponen el rédito político.

Ante las cifras chungas del observatorio, el PNV ha salido a pedir que se “garantice el futuro del euskera mediante su uso como instrumento que una y vertebre a la sociedad vasca”. O sea, que si no usas el euskera, quedas fuera de dicha vertebración. Fuera de la sociedad. Fuera de Euskadi. El director del Instituto Navarro del Euskera, en cambio, pedía durante el Euskaraldia la no politización del uso del euskera. Va siendo hora de despolitizar una lengua que no es más de Arnaldo Otegi que del maketo de turno.

Lo que no dicen los jeltzales es que existe una gran correlación estadística entre euskaldunizar a la población y que vote nacionalismo. Que la articulación de políticas de euskera les da en la práctica más poder. Y por eso seguimos prohibiendo la bolsa de plástico en vez de concienciar. Porque les sale más a cuenta vertebrar a la sociedad entorno al euskera que vertebrar el euskera en la sociedad. Les viene mejor el euskera como arma que como amor.

*Nota: en otra ocasión podríamos debatir sobre cómo ha influido la política de euskera en la segregación, pero hoy ya he dicho demasiadas cosas políticamente incorrectas. O sobre la pasta que se ha gastado el Estado en esto. O sobre la libertad de expresarse en el idioma que a uno le dé la gana.

La fortuna de ver llover

Te levantas un día cualquiera de noviembre. Desayunar, ponerte guapete, beso de despedida para coger fuerzas. Encima tienes suerte y ha parado de llover. ¡Hala, a funcionar!

Noé tarda en abrir la compuerta lo que yo en galopar seis pisos para abajo. No sé si habéis tenido la fortuna de ver llover desde el portal como he visto yo. Qué preciosidad.

Pero bueno, tras cinco minutejos en Twitter, decides que habrá que salir en algún momento. Me enfundo el casco y arranco la moto. La primera balsa que salpica por encima de mi cabeza me la encuentro bajando el alto de Arretxe. El día promete.

Gaintxurizketa no defrauda. Coches vadeando literalmente a veinte kilometros por hora. Torrentes, ríos improvisados sobre el negro asfalto, más caudalosos que muchas regatas de la geografía vasca. No sé si habéis tenido la fortuna de verlo. Maravilloso.

Esquivando coches y riachuelos, alcanzo la variante de Donosti. No sé si habéis tenido la fortuna de ver al típico novato con L en la luneta pegado al volante. Es genial. La escena de hoy la protagonizaba una muchacha en una Zafira, sentada a menos de diez centímetros de la columna de dirección. Y con su espalda a medio metro del respaldo. Como si fuese a abrazar el volante. Maravilloso.

Días como hoy pueden servirte para mandar al carajo a los que quieren plagar tu ciudad de bidegorris. Que salgan con la bici hoy, diles. Si quieres, puedes ser un poco maniqueo, defendiendo que tantos millones en bidegorris y luego las carreteras de la red que no llegan al aprobado.

Pero, sobre todo, días como hoy sirven para sentir la fuerza de la naturaleza. Su impacto salvaje en nuestro día a día, sin importar si eres pobre, rico, blanco, negro o chimpancé titulado. No sé si habéis tenido la fortuna de ver llover.

Fardar de bisutería

El domingo pasado a las 8 y pico de la mañana, cacé, como periodista hábil o radar móvil, a un señor ya entrado en edad frotando una pared. Frotando la obra que alguien de otro gremio (un tal Ernai) había hecho en su fachada.

Krisia kapitalismoak ordain dezala – Que la crisis la pague el capital, rezaba el versículo.
Ernai, 01:11.

Algún amigo con buen ojo me ha “reprochado” que subrayase la pertenencia del pintarrajeador a Ernai, argumentando que Ernai no tiene por qué respaldar acciones como esas. Discrepo de esta línea: Ernai es responsable de qué personas integran sus círculos. Lo que hago al salir del trabajo sigue alimentando la imagen de mi empresa para los que me reconocen trabajador de Attest, al igual que soy también árbitro cuando voy a la oficina o al bar. Si un médico se emborracha en el Aia el miércoles al acabar su consulta, está afectando a la imagen de su gremio, por mucho que éste lo “condene” después. Y por esto, mi empresa se cuida de que sus trabajadores estén “alineados con la imagen de la firma” 24/7. No te digo ya cuando actúan en su nombre.

Reconozco que lo que de verdad me jode es que la aportación de un “pintor” ante la pedazo de crisis que tenemos sea un grafo en una fachada de la parte vieja de Irún. ¿Quién te escucha, mesías de barrio? ¿Es todo lo que tienes? ¿Quince segundos y dos euros de pintura en una pared de la calle Larretxipi? Fardar de bisutería.

Dicen de nuestra generación que no protestamos y tienen razón. Y está mal. Pero lo que olvidamos y no nos recuerdan es que no vale con señalar lo que está mal. Hay que trabajar para cambiarlo. Y ahí me sobran tuiteros y grafiteros, y me falta gente que quiera arrimar el hombro. Cuando toca transformar la protesta del poteo en movilización social organizada. En iniciativa empresarial o asociativa.

En algo tangible, en definitiva, que le ayude a tu vecino a sobrellevar mejor esta crisis. Y no, frotar su fachada un domingo no le ayuda a ello, es solo una grieta más en un barco en el que vamos todos. A estas alturas, la contradicción del grafo es palpable. La cuestión es que la protesta sola no nos va a hacer vivir mejor, que es de lo que -se supone- se trata. Necesitamos gente que haga que las cosas sucedan.

Para terminar e hilando con la (supuesta) autoría de la acción. ¿Voy a confiar el cambio, el hacer que suceda, a gente con unas miras tan cortas que intentando arreglar el país joden a su vecino?

Krisiari herriak eman diezaiola itzulia.

Apretarse el cinturón

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Siempre he creído en los momentos de crisis. No es una frase de Mr. Wonderful, lo digo en serio. He visto a personas crecer muchísimo en contextos de este tipo -no me ciño a crisis económicas o sociales. Es una gran oportunidad para extraer lo mejor de nosotros, para dar otro cuarto de vuelta a la tuerca.

Pero a lo que voy. La gente parece haber asumido que 2020 y 2021 serán años de decrecimiento. Con sorprendente facilidad, de hecho, si tenemos en cuenta los estragos que causó la última crisis económica en España. Como consecuencia de esto, parece también bastante aceptado que el Estado va a tener que ajustar su política fiscal para poder recaudar todo lo que va a hacer falta.

Bien, pues este último punto, es mentira.

Bueno, vale, no es mentira, es discutible y a ello vamos. En un contexto de contracción económica, a priori y manteniendo sus prácticas, la Administración puede recaudar menos. Es consecuencia, de hecho, de que empresas y ciudadanos ganen de media menos. Entonces, ¿por qué tendría el Estado que esforzarse en recaudar más si la sociedad está empobrecida? Si una empresa ve reducida peligrosamente su facturación, deberá romperse los cuernos para reinventar su oferta o su forma de funcionar. O no sobrevivirá. Si una familia se encuentra con que donde antes entraban dos sueldos ahora entra uno, tendrá que ingeniarselas para apretarse el cinturón.

Famosa aquella frase de la crisis anterior. Nos hablaban de cinturones, pero habíamos empeñado ya hasta los pantalones.

¿Por qué la Administración sí puede permitirse el lujo de aumentar la presión fiscal sobre la sociedad y ni siquiera nos chirría? Creo que somos muy poco exigentes en ese sentido. Cuando vienen mal dadas, nos parece lógico que todos (ciudadanos, familias, empresas) debemos esforzarnos más. ¿Por qué no somos más exigentes con la Administración? ¿No debe acaso ser más creativa, innovadora, frugal?

Quizá deba, por ejemplo, prescindir de cosas. Una empresa puede quitarse, yo qué sé, las cenas de Navidad, pero en la Administración, ¿no sobra nada? ¿Todo es imprescindible? Claro que prefiere recaudar más, yo también llego mejor a fin de més con 300€ más; ¡menudo mérito! Igual que se paga al gestor privado para que sea capaz de mantener la empresa con lo que tiene a mano, el deber del gestor público es idéntico en su campo. Las necesidades son ilimitadas, pero los recursos… El esfuerzo debe provenir del trabajo de la Administración para hacer las cosas mejor o funcionar con menos, no de la riqueza (ya disminuida) de los ciudadanos.

Ojo, no es una crítica cruda a los políticos ni al estado del bienestar, pues opino que el Estado debe tener músculo. También creo que quienes trabajamos con Administración Pública tenemos cierta responsabilidad en ayudarla a ser más eficiente. Pero sobre todo, y es lo que más me preocupa, tenemos un pequeño cachito de responsabilidad todos nosotros, puesto que somos para quienes trabaja la Administración. Somos, vaya, sus clientes. Quizá el cliente no tenga siempre la razón, pero desde luego que un cliente exigente hace que la entidad funcione mejor. Vamos pues a ello.

Irún: ciudad zombie

Irún no aporta ya nada.

Apenas queda industria interesante ni servicios vinculados. Somos más Medina del Campo que Elgoibar. Los irundarras cada vez vivimos peor. Cuántos jóvenes que quieren quedarse y no pueden. Cuántos pequeños empresarios resignados a subsistir con un pequeño negocio renqueante, sin relevo generacional. Somos un pueblo zombie con escaso atractivo, siquiera para los oriundos.

¿Captar empresas? Según los datos, son más las que desaparecen o se van a otros emplazamientos más interesantes (Elgoibar, 0,014 empresas industriales por habitante; Irún, 0,005). ¿Captar consumidores? ¿Pensáis que el comercio de Irún tiene suficiente atractivo para los de Rentería o Donosti? Yo no los he visto por aquí. Solo podemos confiar en nosotros mismos para salvarnos.

Con estas cartas, ¿qué impulsa el ayuntamiento? Una estrategia estándar de one size fits all: aceras anchas para terrazas, máximas restricciones al vehículo privado y facilidades para bicis. Lo que se hace en todas partes, vamos. Estrategia que asegura su subsistencia como ente municipal recaudador (parkings subterráneos y viviendas les aseguran ingresos futuros) pero no la de sus empresas, en tanto que no facilita el consumo en el tejido local.

En parte, es una tendencia global. No se puede luchar contra el modo de vida individualista tan arraigado que tenemos. Lo que hace la gente con un poder adquisitivo suficiente es ir a trabajar en coche a su taller del polígono de Elgoibar o a su oficina de Zuatzu; parar a la vuelta en un sitio fácil para hacer la compra (tipo Alcampo, Mercadona, BM); meter el coche en su garaje y subir la compra en el ascensor.

Pero en parte, es también fruto de la ausencia de una estrategia realista para asegurar la calidad de vida de la gente de Irún. El ayuntamiento viene esforzándose en hacer de este un pueblo bonito, amable. Amable pero zombie. Casi el 22% de la población de Irun tiene más de 65 años y, con los salarios que se manejan en el mercado laboral actual, ellos son nuestra esperanza en cuanto a consumo. No les voy a pedir que suban con la compra en bicicleta la cuesta de Anaka, la Avenida de Navarra, que vayan desde Behobia al paseo Colón. Y menos el 75% del año en que el clima es desfavorable. Bueno, es que no lo van a hacer. No es una alternativa.

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Fuente: Twitter (@_laborda). Estas magníficas “alfombras” las han pintado incluso en curvas.

Al alcalde le saldrá muy a cuenta enseñar su proyecto de movilidad cuando sale por ahí afuera (y quizá en las urnas), pero a nosotros nos supone una calidad de vida regresiva. Y los irundarras, ¿qué tipo de ciudad queremos que impulse nuestro ayuntamiento?

Amigos, si la estrategia es visiblemente contraproducente, peor es la insistencia en el error. Sirva de ejemplo la re-obra de Letxunborro una década después para instalar un carril bici que absolutamente nadie utiliza como alternativa de movilidad. Más recientemente, hemos podido “disfrutar” de ensanchamientos “provisionales” de aceras por sitios que no son zonas de paso ni paseo, al más puro estilo Calle Fuenterrabía (calle de decreciente interés, ¿casualidad?).

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Eliminación de aparcamiento en Javier Esteban Indart, barrio San Miguel. ¿No sabes dónde está? Normal: no es zona de paso.

O la eliminación de un carril en Letxunborro entre la rotonda de Puiana y la del Ibis: un vial de salida que transcurre entre polígonos. Provisional, dicen; ya veremos. Podríamos seguir hablando del corte periódico del Paseo de Colón o las pintadas en rojo en el suelo para destacar la preferencia de bicicletas. El gobierno municipal afirma que son seguras, pero ya se ha caído el primero. Si no rectifica en medidas concretas, ¿cómo podemos esperar que reformule esta estrategia que lleva legislaturas implementando?

En la carrera nos enseñaban que si no puedes competir por coste, debes hacerlo con estrategia de diferenciación. Hacer las cosas de otro modo de forma que aportes algo más. Por eso, un ayuntamiento responsable podría impulsar una red de consumo local. Potenciar las áreas comerciales existentes en San Miguel o Pio XII, por ejemplo, haciéndolos más accesibles. Pero en vez de eso, les resta incentivos con grandes aceras que en ningún caso aportan lo que quitan. Si no puedo aparcar, no voy a bajar a San Miguel a hacer la compra, me iré a un centro comercial. De los mayores de 65 ya ni hablamos.

Y así, el proceso por el que languidece Irún, no se ve frenado o invertido sino acelerado por la  política estándar del ayuntamiento que si en algún sitio no encaja es aquí. E Irún, para 2030, será una ciudad muy amable. Tan amable que no se verá un alma de lunes a viernes. El enésimo Fuenlabrada o Parla. El último eslabón-dormitorio del área metropolitana de San Sebastián. Tan solo un fantasma de hormigón.

¡Discutid, insensatos!

Cuando me propuse escribir una publicación a diario durante dos semanas, tenía miedo de no poder sacar material suficiente y de calidad. Supongo que este miedo creativo lo tendrán los escritores profesionales de todo tipo. Yo por suerte no me debo a nadie, y aún así me sorprende que dos semanas después no solo he podido sacar un post al día, sino que me dejo cosas en el tintero.

Gracias a tantos amigos y curiosos que os habéis asomado por aquí a matar el rato o saber qué locuras me rondan. Sobre todo, gracias a los que os habéis animado a comentarlas conmigo. En parte, escribo por vosotros.

En parte, quizá mayor, escribo por mí. Este interesante ejercicio me ha obligado a parar (más) a pensar como parte de mi rutina: cómo estoy, qué está pasando, cómo me siento, qué opino de esto. Un ejercicio de (auto)descubrimiento y (auto)conocimiento de lo más interesante al que os insto. Una especie de diario público. Un ejercicio sano de ego.

No está de más recordarlo: no pretendo dar lecciones morales o de ningún tipo. Pienso que cada cual hace lo que puede por vivir bien y ser feliz. Cada uno es de su padre y de su madre, así que no pretendo deciros cómo debéis pensar o vivir, bastante tiene cada uno con su vida. Tan solo compartir con vosotros cuestiones que a mí me enriquecen. Este ha sido el fin de estas dos semanas de tecleo incesante, como también lo es el de Un Silbato en el Espejo.

Cierro el grifo, pero la cuarentena sigue… y no sé cuándo me volveré a asomar por aquí. Reitero que estaré encantado de discutir con todos vosotros (¡viva las redes sociales!) las cosas que aquí sentencio con firmeza. De hecho, son las convicciones las que más deben abordarse, en esa discusión humilde que enriquece a las partes. ¡Ay los matices inadvertidos! Por último, un agradecimiento a Dani Palencia, Ion Rodríguez y Sergio Martínez por sus aportaciones a este sitio, estoy convencido de que lo han enriquecido con su frescura. Y otro a Laura Ijurco, por ser la luz y el sosiego cuando estoy en horas bajas y mi alma no se comunica con el teclado. Laister arte, lagunak!

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Qué queréis, 2 semanas publicando y me he quedado sin material gráfico. Subo esta porque aglutina ideas expuestas: amistad, detenerse, discusión y resaca.

Las cosas que de verdad importan

Estar una larga temporada en casa, con relativamente pocas novedades en nuestro entorno, nos plantea una tesitura nueva con beneficios potenciales interesantes. Personalmente, me ha sorprendido mucho uno que quiero compartir con vosotros: vaciar la mente.

Es increíble cuánto sometemos nuestra mente a un sinfín de inputs. A los más clásicos (preocupaciones del trabajo, situación familiar, deberes del hogar, cuentas pendientes con amigos…) se unen otros más modernos (publicidad,  escaparates, música, interacción del tráfico…). Porque si por algo se caracteriza nuestra era es por la constante exposición a estímulos que nos bombardean. Estímulos que, aunque no les prestemos atención activa o no requieran ningún esfuerzo por nuestra parte, de alguna forma acaban acaparando nuestros recursos. Agotando nuestra mente como la gota acaba agujereando el metal.

Efectivamente, aunque podemos seguir abriendo Instagram, poner música a todo trapo, ver series… El confinamiento nos facilita, casi nos obliga, a “librarnos” de una gran parte de los que venían captando nuestra atención.

En esta situación de liberación de estímulos, es muy fácil soltarse y vaciar la mente. Sacar todo el ruido y quedarse así, sin buscar distracciones. Como el entorno no nos brinda muchas, si no las buscamos, no entrarán. Es entonces cuando surge el milagro: te dejas llevar y tu mente va trayendo las cosas que de verdad te importan. Un beso, una mirada, un regalo que te gustó, un momento en que fuiste muy feliz, un viejo amigo que tienes descuidado pero a quien quieres de verdad, aquello que no te atreviste a decir, ese experimento pendiente.

No viene todo de golpe, claro está. La idea es que si durante estos días nos dejamos llevar más, nos vaciamos de ruido, automáticamente, las cosas que de verdad nos importan, recuperan el protagonismo que las minucias del día a día les arrebató. Y lo mejor es que no nos cuesta nada. ¡Qué magnífico es ser y estar vivo!

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Fuera máscaras: el virus que destapó nuestras miserias

¿Cómo? ¿Que no puedo salir de casa más que para comprar alimentos o ir al trabajo? Venga, hombre…

Claro, coño. Es que tu derecho a hacer lo que te dé la gana está por encima del derecho de otros a la vida, ¿verdad? No puedo evitar pensar en cómo nos cambiará esto una vez todo haya pasado y la verdad es que creo que esta crisis no nos va a cambiar en nada. No al menos para bien. Hace unos días alguien me preguntaba si esto servirá para que los futuros gobiernos inviertan más en educación o sanidad. Mi respuesta, para los que os hacéis la misma pregunta, es que ese tipo de cuestiones no tendrán ningún sentido si en las próximas elecciones volvéis a votar a la puta derecha. Una derecha, que por cierto, se comporta de una forma muy curiosa. Esperanza Aguirre, antaño defensora de la privatización y el negocio, se lanza ahora a los brazos de la sanidad pública después de dar positivo por coronavirus. Ocurre como con los bancos y las grandes empresas que ven amenazadas sus riquezas: cuando sopla viento a favor el sistema es maravilloso, pero cuando colapsa por alguna catástrofe les falta tiempo para pedir billetes a papá Estado. Claro, es que el capitalismo mola hasta que tu dinero empieza a depender de una crisis sanitaria de proporciones casi bíblicas. Emprende ahora, cabronazo.

Creo que cuando nos dejen salir a los bares de nuevo, seguiremos siendo los mismos seres desagradecidos y desagradables que éramos antes del encierro forzoso. El humor se nos empieza a agriar, al principio la broma tenía su gracia pero ya no nos reímos tanto. El próximo reto viral en Instagram va a consistir en aguantar el mayor número de días sin colgarnos de una tubería. ¿Qué desagradable, no? Estamos asistiendo a una explosión de creatividad en redes sociales, de la que reconozco haber sido partícipe. Me preocupa profundamente que nos hayan tenido que obligar a quedarnos en casa para empezar a interesarnos por la literatura o el cine. Si las redes sociales ya son un hervidero de ego en una situación normal, en una situación extraordinaria se multiplica este factor. Nadie publica una story por puro placer inocente, detrás de cada foto impera una máxima: “Mira cómo mola lo que hago”. Me da asco y aun así lo consumo y lo utilizo. Contradicciones del apocalipsis, supongo.

Solo tengo un deseo. Espero que esta crisis no nos termine de volver más subnormales de lo que ya somos. Espero que todo el mundo respete las normas de este nuevo juego para que cuando nos levanten el “castigo” yo pueda decir: Ostia, que plan de mierda, esta tarde me quedo en casa.

-Sergio Martínez.

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Cuando todo esto acabe

Cuando todo esto acabe, no renunciaremos a la codicia. No renunciaremos a un poco más de dinero por ver más a nuestros padres y abuelos o estar más cerca de ellos.

Cuando todo esto acabe, no pasaremos más tiempo con nuestros amigos y menos delante de una pantalla. No nos quitaremos de Netflix para salir, subir al monte, bañarnos en la playa o perdernos por la ciudad. No subirán las visitas de los museos, ni el número de asociados, ni las ventas de los libros de ensayo. No renunciaremos a nuestro ego y sus redes sociales en pos de partidas a las cartas, al Monopoly y jugar al asesino.

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La vida ahí afuera…

Cuando todo esto acabe, en realidad, no viajaremos más a todos esos sitios que nos prometimos que visitaríamos. No nos apresuraremos a ver Madagascar, Koh Tao, Loarre, Mar Menor, Estrasburgo o Atenas.

Cuando todo esto acabe, no saldremos a las calles a manifestarnos como perros rabiosos porque se nos ha tomado por estupidos. No iremos a Ferraz, a Moncloa, a Ajuria Enea, a abuchear a nuestros líderes políticos por anteponer sus intereses privados al bienestar general.

No saldremos a quemar el país hasta que digan la frase “pública, universal, gratuita y de calidad“. Hasta que prometan que España será famosa por sus investigadores en menos de lo que levantan los chinos un hospital.

Cuando todo esto acabe, no abandonaremos nuestros pequeños egoísmos de submicrosegmento identitario para pelear por un bien común que es mucho más grande que la suma de los colectivillos. Incluso que los individuos.

Cuando todo esto acabe, vaticinaba ayer un amigo, el primer sábado será el sábado de cena de todas las cuadrillas del país. Algo que será recordado como (perdón, Jesús, por banalizar un poquito) La Primera Cena. Seremos personas con más experiencia, pero no mejores. Cuando vuelva la normalidad, volveremos, precisamente, a la normalidad. Y la Gran Pandemia China será recordadá por empezar con la cena del murciélago y culminar, precisamente, con eso: otra Cena. Y punto.