¡Discutid, insensatos!

Cuando me propuse escribir una publicación a diario durante dos semanas, tenía miedo de no poder sacar material suficiente y de calidad. Supongo que este miedo creativo lo tendrán los escritores profesionales de todo tipo. Yo por suerte no me debo a nadie, y aún así me sorprende que dos semanas después no solo he podido sacar un post al día, sino que me dejo cosas en el tintero.

Gracias a tantos amigos y curiosos que os habéis asomado por aquí a matar el rato o saber qué locuras me rondan. Sobre todo, gracias a los que os habéis animado a comentarlas conmigo. En parte, escribo por vosotros.

En parte, quizá mayor, escribo por mí. Este interesante ejercicio me ha obligado a parar (más) a pensar como parte de mi rutina: cómo estoy, qué está pasando, cómo me siento, qué opino de esto. Un ejercicio de (auto)descubrimiento y (auto)conocimiento de lo más interesante al que os insto. Una especie de diario público. Un ejercicio sano de ego.

No está de más recordarlo: no pretendo dar lecciones morales o de ningún tipo. Pienso que cada cual hace lo que puede por vivir bien y ser feliz. Cada uno es de su padre y de su madre, así que no pretendo deciros cómo debéis pensar o vivir, bastante tiene cada uno con su vida. Tan solo compartir con vosotros cuestiones que a mí me enriquecen. Este ha sido el fin de estas dos semanas de tecleo incesante, como también lo es el de Un Silbato en el Espejo.

Cierro el grifo, pero la cuarentena sigue… y no sé cuándo me volveré a asomar por aquí. Reitero que estaré encantado de discutir con todos vosotros (¡viva las redes sociales!) las cosas que aquí sentencio con firmeza. De hecho, son las convicciones las que más deben abordarse, en esa discusión humilde que enriquece a las partes. ¡Ay los matices inadvertidos! Por último, un agradecimiento a Dani Palencia, Ion Rodríguez y Sergio Martínez por sus aportaciones a este sitio, estoy convencido de que lo han enriquecido con su frescura. Y otro a Laura Ijurco, por ser la luz y el sosiego cuando estoy en horas bajas y mi alma no se comunica con el teclado. Laister arte, lagunak!

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Qué queréis, 2 semanas publicando y me he quedado sin material gráfico. Subo esta porque aglutina ideas expuestas: amistad, detenerse, discusión y resaca.

Las cosas que de verdad importan

Estar una larga temporada en casa, con relativamente pocas novedades en nuestro entorno, nos plantea una tesitura nueva con beneficios potenciales interesantes. Personalmente, me ha sorprendido mucho uno que quiero compartir con vosotros: vaciar la mente.

Es increíble cuánto sometemos nuestra mente a un sinfín de inputs. A los más clásicos (preocupaciones del trabajo, situación familiar, deberes del hogar, cuentas pendientes con amigos…) se unen otros más modernos (publicidad,  escaparates, música, interacción del tráfico…). Porque si por algo se caracteriza nuestra era es por la constante exposición a estímulos que nos bombardean. Estímulos que, aunque no les prestemos atención activa o no requieran ningún esfuerzo por nuestra parte, de alguna forma acaban acaparando nuestros recursos. Agotando nuestra mente como la gota acaba agujereando el metal.

Efectivamente, aunque podemos seguir abriendo Instagram, poner música a todo trapo, ver series… El confinamiento nos facilita, casi nos obliga, a “librarnos” de una gran parte de los que venían captando nuestra atención.

En esta situación de liberación de estímulos, es muy fácil soltarse y vaciar la mente. Sacar todo el ruido y quedarse así, sin buscar distracciones. Como el entorno no nos brinda muchas, si no las buscamos, no entrarán. Es entonces cuando surge el milagro: te dejas llevar y tu mente va trayendo las cosas que de verdad te importan. Un beso, una mirada, un regalo que te gustó, un momento en que fuiste muy feliz, un viejo amigo que tienes descuidado pero a quien quieres de verdad, aquello que no te atreviste a decir, ese experimento pendiente.

No viene todo de golpe, claro está. La idea es que si durante estos días nos dejamos llevar más, nos vaciamos de ruido, automáticamente, las cosas que de verdad nos importan, recuperan el protagonismo que las minucias del día a día les arrebató. Y lo mejor es que no nos cuesta nada. ¡Qué magnífico es ser y estar vivo!

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Fuera máscaras: el virus que destapó nuestras miserias

¿Cómo? ¿Que no puedo salir de casa más que para comprar alimentos o ir al trabajo? Venga, hombre…

Claro, coño. Es que tu derecho a hacer lo que te dé la gana está por encima del derecho de otros a la vida, ¿verdad? No puedo evitar pensar en cómo nos cambiará esto una vez todo haya pasado y la verdad es que creo que esta crisis no nos va a cambiar en nada. No al menos para bien. Hace unos días alguien me preguntaba si esto servirá para que los futuros gobiernos inviertan más en educación o sanidad. Mi respuesta, para los que os hacéis la misma pregunta, es que ese tipo de cuestiones no tendrán ningún sentido si en las próximas elecciones volvéis a votar a la puta derecha. Una derecha, que por cierto, se comporta de una forma muy curiosa. Esperanza Aguirre, antaño defensora de la privatización y el negocio, se lanza ahora a los brazos de la sanidad pública después de dar positivo por coronavirus. Ocurre como con los bancos y las grandes empresas que ven amenazadas sus riquezas: cuando sopla viento a favor el sistema es maravilloso, pero cuando colapsa por alguna catástrofe les falta tiempo para pedir billetes a papá Estado. Claro, es que el capitalismo mola hasta que tu dinero empieza a depender de una crisis sanitaria de proporciones casi bíblicas. Emprende ahora, cabronazo.

Creo que cuando nos dejen salir a los bares de nuevo, seguiremos siendo los mismos seres desagradecidos y desagradables que éramos antes del encierro forzoso. El humor se nos empieza a agriar, al principio la broma tenía su gracia pero ya no nos reímos tanto. El próximo reto viral en Instagram va a consistir en aguantar el mayor número de días sin colgarnos de una tubería. ¿Qué desagradable, no? Estamos asistiendo a una explosión de creatividad en redes sociales, de la que reconozco haber sido partícipe. Me preocupa profundamente que nos hayan tenido que obligar a quedarnos en casa para empezar a interesarnos por la literatura o el cine. Si las redes sociales ya son un hervidero de ego en una situación normal, en una situación extraordinaria se multiplica este factor. Nadie publica una story por puro placer inocente, detrás de cada foto impera una máxima: “Mira cómo mola lo que hago”. Me da asco y aun así lo consumo y lo utilizo. Contradicciones del apocalipsis, supongo.

Solo tengo un deseo. Espero que esta crisis no nos termine de volver más subnormales de lo que ya somos. Espero que todo el mundo respete las normas de este nuevo juego para que cuando nos levanten el “castigo” yo pueda decir: Ostia, que plan de mierda, esta tarde me quedo en casa.

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Cuando todo esto acabe

Cuando todo esto acabe, no renunciaremos a la codicia. No renunciaremos a un poco más de dinero por ver más a nuestros padres y abuelos o estar más cerca de ellos.

Cuando todo esto acabe, no pasaremos más tiempo con nuestros amigos y menos delante de una pantalla. No nos quitaremos de Netflix para salir, subir al monte, bañarnos en la playa o perdernos por la ciudad. No subirán las visitas de los museos, ni el número de asociados, ni las ventas de los libros de ensayo. No renunciaremos a nuestro ego y sus redes sociales en pos de partidas a las cartas, al Monopoly y jugar al asesino.

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La vida ahí afuera…

Cuando todo esto acabe, en realidad, no viajaremos más a todos esos sitios que nos prometimos que visitaríamos. No nos apresuraremos a ver Madagascar, Koh Tao, Loarre, Mar Menor, Estrasburgo o Atenas.

Cuando todo esto acabe, no saldremos a las calles a manifestarnos como perros rabiosos porque se nos ha tomado por estupidos. No iremos a Ferraz, a Moncloa, a Ajuria Enea, a abuchear a nuestros líderes políticos por anteponer sus intereses privados al bienestar general.

No saldremos a quemar el país hasta que digan la frase “pública, universal, gratuita y de calidad“. Hasta que prometan que España será famosa por sus investigadores en menos de lo que levantan los chinos un hospital.

Cuando todo esto acabe, no abandonaremos nuestros pequeños egoísmos de submicrosegmento identitario para pelear por un bien común que es mucho más grande que la suma de los colectivillos. Incluso que los individuos.

Cuando todo esto acabe, vaticinaba ayer un amigo, el primer sábado será el sábado de cena de todas las cuadrillas del país. Algo que será recordado como (perdón, Jesús, por banalizar un poquito) La Primera Cena. Seremos personas con más experiencia, pero no mejores. Cuando vuelva la normalidad, volveremos, precisamente, a la normalidad. Y la Gran Pandemia China será recordadá por empezar con la cena del murciélago y culminar, precisamente, con eso: otra Cena. Y punto.

 

Cumpleaños…¿feliz?

Hoy ha sido el cumpleaño de uno de mis compañeros de piso. Cuando ha venido de trabajar, hemos bajado la persiana y encendido unas velas que presidían la tarta más grande que haya visto en mucho tiempo. Canción de rigor, soplido, aplausos, palmaditas en la espalda. Ya sabéis, un cumple entre tíos.

Otro compañero, al rato, ha lamentado la situación, lástima que te haya tocado cumplir años entre semana y con la cuarentena, y me he quedado pensando. Lo cierto es que, si el cumpleañero hubiera sido yo, no hubiera esperado ni necesitado nada más. ¿Qué falta? ¿Salir de fiesta? ¿Ver a más gente? Mi amigo ha recibido cientos de (video)llamadas y hemos pasado una tardenoche agradable de deporte, tarta y peli.

He de reconocerlo: nunca he sido un apasionado de los cumpleaños, mucho menos del mío. No llega a darme pereza, pero bueno, es un día en el que valoro los esfuerzos de mis seres queridos por encima del impacto emocional en sí que me genera. También creo que desde que he minimizado mi vida a un único escenario/espacio, vengo apreciando los detalles de otra forma. No me causa tristeza encerrar mis vivencias en este piso durante una temporada, al contrario, celebro los imputs positivos que se suceden. Cada rato de risas, cada tortilla de patatas bien hecha… ¡Hasta los putos vídeos de youtube los desgrano más!

Varios amigos míos cumplís años en estas fechas y espero que leer esto no os agüe la fiesta, sino al contrario. No creo que en África soplen velas en tartas. Somos unos afortunados de que esto sea temporal y de que nuestra gente siga viva y demostrando su amor. La “fiesta” puede esperar. Que este periodo sin distracciones nos sirva para degustar más al detalle los sabores originales de la receta.

Feliz cumpleaños, Kumar.

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A largo plazo, todos muertos

Hace poco más de cien años, los economistas tenían confianza real en el largo plazo. Según las ideas clásicas, las medidas adecuadas en el corto plazo eran aquellas encaminadas a que el largo plazo funcionase bien y equilibrado. Sin embargo, con el Crash del 29, las ideas de Keynes se fueron imponiendo. Ante la mayor crisis económico y social de la Historia, sostenía, hay que olvidarse un poco del mañana para dar respuestas eficaces a los problemas de hoy.

No me quiero liar con términos ni historia de la economía así que seré muy práctico. Año 2020. Una crisis nueva, no la más gorda, pero sí de una tipología no antes vista en el capitalismo moderno. Una crisis en la que tanto oferta como demanda se ven drásticamente reducidas (ni las tiendas operan ni salimos a gastar) por cuestiones diferentes a las habituales. Una crisis en la que estamos viviendo mucho más al día que nunca. El estado de la Nación parece cambiar cada mañana con la comparecencia del Comité de Seguimiento del Coronavirus y también la opinión pública.

En este contexto, parece que nada más importa más allá de combatir al bicho. Ya nadie parece acordarse de las pensiones, del déficit y la deuda, de la España Vaciada, del fútbol, de la tasa Google, de la violencia de género, del nacionalismo separatista (bueno, de este, algunos pobres idiotas sí). Y efectivamente, algunos temas quizá podrían esperar, pero sin duda es de urgencia tomar las medidas adecuadas hoy para que la economía funcione mañana. Después de todo, vivimos en un sistema capitalista en el que subsistimos gracias a un tejido empresarial que produce bienes/servicios, en el que trabajan personas a cambio de dinero, con el que consumen otros bienes/servicios. El Estado recauda de estas actividades y con ese dinero ofrece servicios públicos y brinda un estado del bienestar. Si rompemos esa rueda, todos, sobre todo los que tenemos menos recursos, nos vamos al carajo.

Hoy nadie está pensando en qué hay que hacer de cara a mañana. No espero que el aitona Koldo lo haga, pero coño, nuestros líderes… Sí espero que se olviden un poco del hoy para dar respuestas eficaces al mañana.

Permitidme un atrevimiento: si Keynes estuviera, quizá diría “tomorrow we might die; ceteris paribus, after tomorrow, for sure we will”.

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“A largo plazo, todos muertos”. Foto: quotehd.com

Líderes en ridículo(s)

Hace unos días se pasaba a escribir por aquí un buen amigo, Dani Palencia. Entre él y lo que viene escribiendo Julen, joder, el listón está muy alto. Casi al nivel de nuestros líderes. Perdón, me refería a nuestros mandatarios. Unos individuos que sólo saben dar órdenes. Que como siempre actúan a posteriori. Eso de anticipar no está en su diccionario. Son más de reaccionar. Y de hacerlo tarde, de paso. Y ya que estamos, buscando intereses personales o partidistas. Sánchez, un narcisista que haría lo inimaginable por perpetuarse en el poder. Torra y su séquito de nacionalistas que viven su batalla particular, en un puto mundo paralelo. Y luego está mi amiga Lupe, más conocida como Díaz Ayuso, la de los atascos madrileños: “Estoy convencida de que el coronavirus lleva más tiempo en España, porque la conexión con China es directa, no tenemos una sola goma de pelo que no sea MADE IN CHINA”. Cada uno es más bajuno y repugnante que el anterior. Al nivel de las heces que portan el virus.

Hay quien dice que tenemos lo que nos merecemos. Que esta gente son un reflejo de la sociedad. Me niego a aceptarlo. Me niego a creer que representen a los médicos, trabajadores de supermercado, farmacéuticos, camioneros, profesores, policías y resto de currelas que siguen a pie de cañón. Ni a nuestros mayores, nuestros niños, familias, amigos, parejas… que están siendo verdaderos líderes. Actuando de forma modélica, ejemplar. No creo que ni Sánchez, ni sus 22 bufones nos representen. Tampoco creo que San Pablo, el tío Santi o la nueva Rosa Díez (Inés para los amigos) mejoren lo que hay. Son todos ramas de un mismo árbol. Miembros de una misma familia.

Dicho esto, las cosas se hacen mal (para variar), el asunto se pone feo y en cuatro días pasamos de algún foco controlado a aplicar uno de los estados excepcionales que recoge la Carta Magna. Ni Alfred Hitchcock en Psicosis. Pero, ojo, cuando parecía que ya no se podía sorprender más al público, llega Sánchez con un nuevo giro de los acontecimientos. Nos trae la receta mágica. 200.000 millones de euros. Toma ya, récord en la historia de España. ¿Alguien da más? Lo llaman ayudas para afrontar la crisis. ¡Cuánta filantropía, cuánto amor por los conciudadanos! Una medida tomada por algunos de los 350 diputados de nuestro congreso. Que perciben de media unos 5000 brutos al mes. Eso sin contar extras por estar en el gobierno, cargos orgánicos… 5 veces más que los currantes del súper, 4 veces más que un farmacéutico y 2 veces más que de un médico. Podrán llamarme populista, pero visto el nivel de quienes mandan, me parece una puta vergüenza. Y no van a ser ellos quienes paguen esta factura. La vamos a pagar los de siempre. Principalmente, dos damnificados. Los jóvenes, con unos niveles de paro que lo vamos a flipar y las clases medias, que desaparecerán cuan Albert Rivera, con crujidas de impuestos.

Yo ya no voy a pedir nada al ejecutivo ni al legislativo. No confío. Soy más escéptico que nunca. No creo que se vayan a depurar responsabilidades. Pero oye, ojalá el pueblo hable, en la calle, sin urnas de por medio, y defenestremos a Sánchez. A él y al resto de ineptos. Porque aunque yo haya votado a alguno de estos partidos, jamás pensé que se podrían hacer las cosas de forma tan nefasta.

Einstein lo predijo, yo lo recuerdo: “El mundo no será destruido por quiénes hacen el mal, sino por aquellos que lo observan y no hacen nada”. Quien la haga, que la pague. Joder, qué bueno esto de escribir, de desahogarme. Podemos seguir con la cuarentena.

LAS 3 CARAS

Las tres caras de la inoperancia