Hasta siempre, majete

El tiempo corre para todos y en tu reloj ya no queda más arena.

Me cuesta mucho plasmar mis sentimientos esta vez. Cuánto hemos aprendido de ti en lo profesional. Recuerdo que una vez llegué y le pregunté a una persona que estaba viéndote, que sabe más que yo y a la que respeto mucho: ¿qué tal lo está haciendo Aitor? Me contestó, sincero: no me siento a la altura de calificarle.

Pero es que también eres un puñetero ejemplo en lo personal. Siempre activo, siempre despierto, luchando por mejorar. Encontrando motivación donde para los demás todo era negro. Disfrutando de las pequeñas cosas. Transmitiendo ilusión como el primer día, a la vez que la veteranía con más clase.

Pocas personas he conocido más respetadas y admiradas a la vez. De entre tantas gentes de tantos lugares ni una he encontrado que dijera mala palabra sobre ti. Y con tantas virtudes, lejos de vanagloriarte, eres de las personas más humildes que he conocido.

Con esa sonrisa constante. Perfectamente vestido, peinado, perfumado. Apretón de manos firme, gesto amable y servicial. Tu actitud moderada y tu tranquilidad. Tantas virtudes de las que impregnas tu entorno. Siempre correcto, elegante, todo un lord inglés en Irún.

Estar a tu lado siempre ha sido estar en casa. Has sido un maestro, un hermano, un padre. Y es muy triste, duro, estar tan unidos y perder un eslabón. Tu trayectoria es quizá el ejemplo de que la vida no es siempre justa, pero tu amistad es la prueba de que la vida guarda tesoros maravillosos.

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Así, te vas por todo lo alto. ¡Cómo me entristece no haber podido estar a tu lado esos últimos minutos! Ya sabes que el destino es caprichoso, pero me consta que has estado perfectamente arropado. A Dios gracias por esa buena compañía que de sobra te has ganado.

Mientras me cuentas cómo ha ido, noto tu voz con un punto más de gravedad. Tiene que ser un momento difícil para ti. Por eso, más que nunca, estamos contigo.

Como dicen en la peli, no te habrás ido mientras alguien te recuerde. Y yo, desde luego, pero sé que no solo yo, contaré a las nuevas generaciones que tuve el honor de compartir plaza contigo.

Como (ya) digo yo: te echaremos de menos, majete.

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Noticias chisposas

Últimamente las portadas del noticiario lucen especialmente divertidas. Si el otro día convivían en la misma hoja el aumento irrisorio de las pensiones con la subida del uno y pico de los sueldos de los políticos, la de hoy es de carcajada también.

Portugal ya produce más electricidad con renovables que su consumo nacional. Ahí es nada. El país vecino, de características geográficas similares a las nuestras y 112 habitantes por km2 (España tiene 92, más de un 20% menos), nos adelanta por la derecha, en un claro intento de revertir la historia y conquistarnos ellos a nosotros.

Perdonad que me permita los chistes ante un tema tan serio. Ahí va otro: Rajoy viaja a Argelia para tratar de renovar los contratos de Gas Natural. Sí, Gas Natural en mayúsculas, la empresa. ¡Olé! Es como si los de El Jueves hubiesen pirateado la prensa seria.

¿Dónde están los que decían que no se podía? ¿Quién alza la voz para decir que no es viable económicamente? Estoy deseoso de escuchar argumentos (serios) de ese tipo.

Resulta que los lusos han suspendido su “tarifa” a las productoras (20 milloncitos, que iban a parar principalmente a centrales de combustibles fósiles, según El Economista). Entonces, ¿lo que necesitaba subvención eran las plantas eólicas o las de carbón?

¿Y en España? Pues el precio mayorista está al nivel de Portugal, entre los más caros de Europa ambos. Con la diferencia de que su electricidad es verde y la nuestra sucia. Concretamente, más de la mitad de la producción es nuclear o térmica.

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Central nuclear de Cofrentes.

Luego está el precio que pagamos los hogares, que es también un temazo. Porque en Francia los hogares menos que aquí. En Alemania, en cambio, la producen más barata, pero el precio es elevado por la fiscalidad (pero esto genera retorno, de alguna forma). Electrizante.

No sé si es que no entiendo nada o es que nos están tomando el pelo.

Laguna lagun

A la hora de pagar la ronda, el euro con cuarenta del zurito de Voll-Damn se me antoja excesivamente barato. Será el cóctel de amistad-alcohol, que sube rápido. Nos miro desde fuera: sonrientes, sendas manos apoyadas en el hombro del otro, desahogados de pena, ahogados de cerveza. Vale mucho más que euro cuarenta.

Como pudieras ser tú, otra historia en otra Taberna.

Amigos, o único patrimonio que merece la pena. Hacerlos grandes te hace grande. Dar y recibir. Resulta tan enriquecedor y placentero sumergirse en su mente, en sus sentimientos, en su trayecto, en su momento… Quiza el tiempo te mueve hacia relaciones de amistades diferentes y perfiles de amigos distintos. Todos diferentes entre sí. Con su forma de entender la vida, con su manera de afrontar sus problemas. Para todos un rato de cerveza.

La mayoría siguen fieles, aunque también hay disgustos, claro. Solo faltaba. A un amigo no se le puede atar. Si txoria txori, laguna lagun.

Soy un afortunado por seguir compartiendo ese zurito con todos ellos. La llamada que no viene a cuento. El problema resuelto al que no has hecho seguimiento. El desamor. El cambio de trabajo. Tantas vidas que tus amigos, cada uno la suya, de una forma u otra, decide hacerte participe de.

Llega la hora de despedirse. Es típico, me entra ese impulso de pedir una más. Pero sé que no es sensato y me retraigo -¡maldito Pepito Grillo! Sé también que habrá más, claro que sí. Porque la amistad va de eso: una relación de confianza que se sabe perdurable.

Subo al coche, arranco y enciendo la música. “Se disuelven los problemas y veo con claridad: lo importante en este mundo es tu amistad. Entre tú y yo, nosotros y él, entre todo el mundo”. La música aborda la vida mucho mejor que este blog.

El Pozo, la pocilga, Twitter y Sócrates

Empiezo por el final: menos consternación por los cerdos y más por los hombres.

Lo escribo como resuena en mi cabeza, con tintes casi épicos y regustillo de papel grueso de los libros clásicos. Lo escribo así porque llevo tiempo escribiendo midiendo bien desde la razón lo que tecleo y hoy me apetece dar cera.

Os oigo, os leo, abro Twitter y me pongo triste. Veo una gran preocupación por los extraños cerdos, la alimentación, la explotación animal… Preocupaciones lícitas y a priori loables.

Esas preocupaciones, en cambio, parece que vienen a reemplazar otras, en vez de a completar. ¿O ya no “vale más hombre insatisfecho que cerdo satisfecho”? Pocos hablan de explotación humana -explotadores nacionales y explotados inmigrantes, que son dos temas-. Nadie comenta sobre el modelo económico-productivo nacional, sobre el resto de la industria de alimentación, la desconexión que padecemos respecto del ciclo de los alimentos, etc.

Por si fuera poco, nadie barrunta por qué El Pozo y solo El Pozo, por qué solo una granja, por qué publican conversaciones telefónicas (¿privadas?). Nadie se pregunta quién es el dueño de La Sexta. No sé, igual es el hermano cabreado del dueño de El Pozo. En resumen, nadie cuestiona Salvados, desde una perspectiva constructiva, lo cual es triste.

También es triste que lloremos más por los cerdos que por los negros. Cada cual elige su bushido, faltaba más, pero el resultado final no puede ser este.

Yo hago el ejercicio de imaginarme el recorrido vital del cerdo, desde su nacimiento enjaulado, hacinado en su crecimiento, malformado, cebado hasta reventar, y me entristezco. Después, me imagino a aquella subsahariana, atravesando el desierto y mil penurias, dejando su hogar atrás, entregándose a una mafia, buscando una vida digna… para encontrarse al mismo diablo al otro lado del estrecho… y me entristezco más.

Y cuando veo nuestra reacción como sociedad ya me hundo. Lo gracioso es que, sean cerdos o personas, pocos moverán un dedo, pues ver Salvados se ha convertido en la redención social equiparable al eurete donado a la ONG.

Este año, el Discurso de Navidad a cargo de Jordi.

Afortunados

<<Claro que estoy triste, pero me siento tremendamente afortunado. Por haber nacido, por dónde he nacido. Por dónde vivo. Por la familia que tengo, por mis buenos amigos como tú. La educación que han elegido darme, y que yo he decidido exprimir. La universidad a la que fui, cómo la viví.

Claro que estoy triste, es normal estar triste a veces. Pero cuando veo y escucho a la gente, cómo se agobia, cómo se hunde, no puedo evitar pensar “joder, si sus problemas son más o menos como los míos…”. Y sin embargo, se ahogan.

Ayer estaba comiendo en un bar de aquí cerca. Al lado estaba una chica, dándole el biberón a un niño que claramente tenía algún tipo de enfermedad mental. Ese niño podría ser yo. Somos unos afortunados porque tenemos salud.

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Recordé aquel post que escribiste hace ya tiempo. En él, decías que la sociedad había progresado muchísimo tecnológicamente, pero que no estamos preparados. No como sociedad, mentalmente, humanamente. Lo tenemos todo, y sin embargo sufrimos depresión. La gente acaba la carrera, se mete a trabajar la hostia de horas, gana dinero. Tanto tienes, tanto gastas; se crean necesidades, se aferran a su forma de vivir. Vacían su vida, lentamente. Incapaces de ser felices.

Claro que a veces estoy triste, es normal. Pero soy tremendamente feliz y me siento tremendamente afortunado.>>

Con amigos así, es imposible no ser feliz.

 

Odisea en la nieve, con ellos

Tres compañeros, amigos. Cantando, riendo, poniéndose al día, camino de Madrid. De repente, un poco de nieve. Un poco más. La carretera asciende y asciende. Retención. Más retención. Gente que se baja, nerviosa, al correveidile o a llorar sus penas. Gente que se sube otra vez. Gente que pone cadenas que no hacen falta aún. Coches que no avanzan.

Una quitanieves avanza entre coches; estos, no. La noche cubre el manto de nieve, la nieve nos cubre con su elegante e impasivo manto. Coches que se mueven con el freno de mano puesto. Coches que quedan atrapados en la nieve. El nuestro, también. Nervios. Miedo. Gente con ataques de pánico. Una señora que nos pide ayuda, que llora, que está sola. Muerta de miedo.

Cadenas que no encajan en la rueda. Manos que no responden. Nieve que golpea, y golpea y golpea. Frío, pesimismo, descontrol. Nada sale bien con prisas.

<<Bueno, si dormimos aquí, todavía llegamos al partido a las 12>>, pienso.

Una cerveza que calienta. Una compañía que relaja. Viandas que se suceden, que se devoran. Juntamos una mesa, colegas se unen. Todo sale bien al final con paciencia.

Colchones incómodos que proporcionan el mejor descanso. Desayunos con la prensa. 169 quitanieves para la región, dicen. Pues no sé muy bien dónde.

Llegamos a tiempo, como no esperábamos. Manos a la obra. Me mira con sinceridad, y me dice: me aportas tranquilidad. Sonrío, pero me guardo la réplica. ¿Habla del partido o de las casi 4 horas atrapados en la nieve?

Poco importa, pues el fútbol es como la vida misma; como el puerto de Somosierra el Día de Reyes. Lo único que de verdad importa son las relaciones y las experiencias con las personas.

Volveremos a acabar el trabajo. Y yo volvería a quedarme atrapado con ellos.IMG_20180107_163554.jpg

Hijosdeputa

Otra vez. Ya cansa. Al principio me indignaba. Pero ahora ya siento más hastío. ¿Por qué el mundo es así? Será, como dice Pérez-Reverte, que esto es una guerra continua plagada de hijosdeputa.

Supongo que es cosa de la madurez. Tal vez con 15 años me hubiera jugado los cuartos, pasando por delante del bar, por la única salida. Y seguramente no hubiera pasado nada esta vez tampoco, como con 15 años.

Pero es que uno ya no tiene cuerpo para aguantar a padres gilipollas que van al fútbol. Los hechos, brevemente: alguien pega una hostia en mi puerta y berrea “árbitro hijo de puta”. Con 15 años hubiera cerrado con llave, pero hoy he salido a verle la puta cara. Se iba hacia el bar. Salgo unos metros del vestuario para identificarlo. Imposible, está de espaldas. Un padre empieza a increparme, hasta que le contesto que tenga cuidado. Momento en que se pone mucho más violento y quiere encararse conmigo, reventarme la cabeza o yo qué sé. Afortunadamente, su mujer le sujeta.

El ertzaina se sorpende un poco cuando le digo que no voy a denunciar, mientras me escoltan por delante del bar, por la única salida del lugar. Lo más triste es el aplauso unánime que dejo detrás. No me aplauden porque compartan mi tristeza y mi hastío. Me aplauden porque, en palabras de otro padre, “no me han hecho nada” y “es una vergüenza que tengamos que llegar a esto”. Y qué gracioso. Compartimos lo último, aunque con enfoques opuestos.

Pues nada, que esa sigue siendo la respuesta a la violencia: un unánime y estruendoso aplauso.