Un facha cualquiera

Hace unas semanas, fui con un amigo a Madrid, a recoger un coche de un compraventa. El personaje era tal que así: hablaba mucho y muy alto, gordo, de unos cuarenta y pico años, vestía regulín y se mostraba muy seguro de sí mismo y de su producto, tal vez demasiado. Rozando la fanfarronería y el encantamiento de serpientes.

Hecho el escáner, os planteo la situación. Llegamos, nos saludamos, y en el segundo 5 llega la tan esperada pregunta de Somosierra para abajo: ¿qué sois, de Bilbao? La primera – pienso- te la paso. Le contamos que somos de Irun. Empieza a hablar maravillas de Euskadi, como si fuera él el vasco. Hasta que se le acaban las postales del argumentario, y suelta un “…porque a mí como me vengas con el agur, te mando a Bilbao de vuelta de una patada”. Dos -cuento. En realidad, cuento hasta diez, muy despacio, pausando la respiración. ¿Y de dónde eres tú? -inquiero. Mi madre es sevillana y mi padre de Valladolid.

El “los vascos me caen muy bien pero el que venga con agur lo mando de vuelta de una patada” me recuerda a “sí, es gay, pero su marido es muy majo”. El que algo tiene que justificar

Me han hablado, y hasta cierto punto soy conocedor, de un Madrid abierto, hospitalario, en donde seas de donde seas eres bienvenido. Una capital (démonos cuenta del significado de la palabra “capital”) donde crecer profesionalmente, donde alimentar la cultura, hacer amigos. Un Madrid cosmopolita. Un Madrid que afortunadamente he intuido antes de conocer a este tipo, porque si no, sabiendo cómo soy, no vuelvo.

Y me tiene que venir este imbécil, xenófobo, totalitario, inculto y charlatán, a contarme que no soy bienvenido en una tierra a la que no pertenece él. Que, no tiene ningún derecho a decir quién es bienvenido y quién no, porque él no es Madrid. Y, lo que en mi opinión es peor, un espécimen totalmente venenoso para la convivencia en un país tan diverso.

Yo sigo creyendo, antes que en Europa, en España. Creo en que podemos sacar un proyecto común adelante. Entender y aprovechar la diversidad de este país, aprendiendo lo bueno del vecino en vez de reír lo malo. Después, choco de frente con la realidad: personajes (pseudo)fascistas tóxicos como este hay para llenar La Meseta (Y LA PERIFERIA), que votan a todo tipo de partidos. Gritan mucho, hacen poco, recurren a la violencia más que a la cabeza y se creen que su visión de España es la buena.

Fachillas de medio palo como este son el lastre de la España que nos  merecemos.

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Nuevos tiempos

Ya vienen los nuevos tiempos. Llegan los días fríos, de lluvia con la que no vale paraguas ni plan posible en la calle. Llega el momento de guardar las bermudas y sacar la chupa de cuero. De cobijar la moto durante meses. De noches que duran semanas, acosadas por nubarrones y tormentas. Vienen más cafés a horas raras y menos cervezas a cualquier hora.

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Como os gusta a los seguidores de GOT, se acerca el invierno. Pero, con él, también vienen las ilusiones, los proyectos. Las horas de trabajo para materializar nuestros sueños. Las reflexiones. Los entrenamientos bajo la lluvia y sobre los charcos. Las oportunidades, el sacrificio y el seguir creciendo y retándose a uno mismo, que la vida pasa volando. La posibilidad de mejorar.

Vienen amigos que se marcharon, entran personas por conocer. Otras salen, se marchan, de nuestra ciudad, o de nuestra vida, o de ambas, y Dios sabe si volverán. El destino parece jugar más al despiste en la oscuridad de los días tristes.

Castañas, zumos de naranja de verdad y chocolates calientes. Sonrisas cómplices agarrando una taza caliente de cualquier cosa. Las mañanas de oír llover sin sacar la cabeza de entre las sábanas. Las tardes de sofá, manta, peli, tal vez mimos. Por qué no decirlo, también vuelve el fútbol. Los mostitos (jajajaja cachorros cabrones 🙂 ). El puto barro.

El verano tiene que acabar, no puede ser de otra forma, ni debe. Porque volver a ponerse las bermudas con la mochila un poco más llena es lo mejor que nos puede pasar en el primer mundo. Otros, por el contrario, tienen invierno todo el año, y no estoy hablando del clima. A ver si en este invierno 2017 luchamos todos por hacer de este precioso lugar algo mejor. A ver si vienen nuevos tiempos.

¿Te irías a una aldea a vivir?

Casi dejo el coche encallado, pero 40 minutos de pista forestal después llego a la aldea. Parece un alto en la ruta del Cid o de Ricardo Corazón de León. Se alza en un altillo, discreta y elegante, con construcciones de color pizarra, típicas de esta zona del Pirineo.

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La Aldea.

Primero visitamos los pocos edificios que hay. La Iglesia –del siglo XII- y la herrería aún podrían cumplir con su función tras un par de arreglos. Grandes obras para otra época, de las que te hacen viajar en el tiempo.

Pero no he venido a hacer turismo, sino a faenar. Mezclamos un poco de cemento y empezamos a subir calderos al tejado, donde el tío Rafa se esfuerza por escoger la piedra perfecta y colocarla en su sitio. Es todo alegría y trabajo el hombre. Mientras pega paladas, me descuelgo en el andamio con Ángel, el padre de mi amigo Mich, a ver si acertamos a montar el canalón. Es curioso comprobar como esta familia lleva 11 años reconstruyendo a base de ilusión, sudor y Bricomanía; de profesión son químicos, biólogos, abogados… Todos juntos haciendo revivir una casa de tres pisos que no para de crecer aunque no aumente en tamaño. Un auténtico hogar, donde el agua y la luz son conquistas recientes. Un hogar vivo.

No todo es curro. Bajamos por la ladera de la peña y llegamos al fondo de un cañón, donde dos piedras dispuestas por la madre naturaleza en forma de libro generan una cascada que es mano de santo para las cervicales. El agua, fría como para encoger a un Yeti; y cómo se disfruta. Cierras los ojos y puedes percibir olores a tomillo y yo qué sé qué más. Imaginarte a corzos y jabalíes espiándote desde arriba. Es el paraíso.

Antes de que se ponga el sol hay que pasar por la ducha habilitada en la puerta trasera, que da a la Peña Montañesa. En pelotilla picada, por supuesto. Hay dos cabras ahí abajo, a su rollo. Cero pudor. Sin duda, repetiré esta vaina.

La cena es el máximo exponente del buen rollo en la casa de los Ramírez. Somos 10 a la mesa, pero las conversaciones, los bocados (de manjares) y los silencios fluyen con una naturalidad fuera de lo común. Son felices. Hablamos de fútbol, de valores, de la vida, jugamos a las cartas, reímos y reímos. La guinda, salir a ver las estrellas. Porque también saben de astronomía. Putos amos.

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Selfi en el tejado.

El abandono de aldeas como esta, que hoy solo tiene dos habitantes permanentes –pastores- supone una pérdida increíble y un fracaso para el país. Uno de ellos es Agustín, todo un tipazo: con tatuajes, culto, “con unos valores interesantes”. Me lo imagino en las torres de Madrid, con corbata, ahogadísimo, quemado, deseando huir a un remanso de paz como en el que vive. Donde se lo monta femenomenal.

No nos engañemos: no queda lugar para lujos, aunque tampoco falta de casi nada. Pero… ¿te irías a una aldea a vivir? Merece la pena darle vueltas.

La parte fea (del Erasmus)

Nadie te cuenta la parte fea del Erasmus. Somos como actores famosos, víctimas de nuestro “éxito social”, que tienen que sonreír, publicar fotos chulas y decirle a todo el mundo cuán bonita es su vida. Mentira cochina.11221346_1061515277232470_2381782805752232280_n

Nadie cuenta su parte fe, sus vivencias más negras. Sus días largos, noches sin dormir, soledad, miedos y otros fantasmas. El otro día releí el diario que llevé (con bastante rigor, por cierto) allí, en aquel mundo paralelo. Y creedme, ni todo el monte es orégano, ni todo el Erasmus es disfrutar de cosas nuevas.

De hecho, en ocasiones deberíamos decir sufrir cosas nuevas. Sufrir el vivir en una cultura, costumbres e idioma ajenos. Sufrir el no conseguir alojamiento, como si no fueras bienvenido en el país. Sufrir la soledad al llegar a casa. No, no hay plato de puré caliente esperándote los días de invierno, ni nadie con quien comentar lo que echan por la tele (si la tienes, y si la entiendes, ja, ja). Hay muchos amigos con los que beber, pero muy pocos Amigos con quienes compartir tus preocupaciones, suponiendo que sepas expresarlas en otro idioma. Mucha gente con la que estar y poca con la que ser de verdad; lo de poca, con suerte.

Sufrimientos, todos ellos, con su necesario y enriquecedor aprendizaje. Salir corriendo y volver a casa es una opción que muchos hemos tenido que descartar día tras día. O salir corriendo a relacionarte con españoles, lo que a veces resulta en realidad una huída a escala.

Ojo. El Erasmus es una experiencia fabulosa: descubres mucho en muy poco tiempo, incluso a ti mismo, si andas hábil. Amí me ha proporcionado grandes Amigos. Pero no es una vida fácil ni tan ligera. No suele serlo. Probablemente, tampoco debe serlo. Cumple bien su función: una apertura exprés al mundo y a la vida, sobre todo para nosotros los españoles, que tanto nos cuesta salir a hacer mundo y vida. Pero me resulta curioso la facilidad con la que ensalzamos la parte blanda y divertida, haciendo quizá memoria selectiva, en detrimento de una experiencia mucho más dura, brutal y desarrolladora.

Como todo en la vida, lo chulo es hacer que lo bueno compense lo malo. Preguntad al sueco que viaja a Irun el jueves para visitarme a ver si el Erasmus merece la pena.

30 de junio

IMG_20170630_092736.jpgEl día 30 tiene algo especial. En serio. Pasan cosas que siento que en ningún otro contexto podrían ocurrir. La emoción por vivir un día de San  Marcial te mantiene alerta toda la noche, a pesar de la resaca. Y así es como con 3 o 4 horas de sueño te despiertas antes de la alarma. Antes de las 3:00. Y coges el coche, vas a escuchar la primera alborada, vuelves a coger el coche, peinas la ciudad en busca de una tasca donde hacer un desayuno continental. No ha salido el sol aun.

A las 6, al son de la diana del barrio, tu mayor preocupación se llama desayuno nº3, con moscatel y pastas. Se suceden empujones, colas y prisas en la plaza Urdanibia. Pero la gente sonríe, pide perdón y te reencuentras con amigos con los que compartes los tragos. Tragos que dejan muy buen sabor de boca.

Y formas filas, recto, muy recto, serio, sintiendo que formas parte de algo mágico. Con la ilusión de representar a tu barrio, con la emoción de marchar a ritmo de parche.

Unos potes con los amigos después de la traca matutina es una gran opción. Después de comer, la siesta es imperdonable.

Llegan las visitas, y les inundas de cultura sanmarcialera, que acogen con gusto y paciencia. Fotos con unos y con otros. A la parada del Juncal de la tarde, diluvia. Otro rollo, parece octubre. Pero la compañía toca y vuelve a tocar las estrofas del “Hoy no vamos a casa”. Y cuanto más llueve más fuerte tocan y la gente lo baila con más ímpetu. Nada puede pararnos.

No voy a describir lo que es bajar la calle Mayor, no encuentro las palabras. El broche lo pone un beso apasionado.

Total, que a la hora de la cena, lo que iba a ser una cerveza entre dos viejos amigos para ponerse al día, acaba siendo todo un banquete en el lugar menos esperado con la gente menos esperada (cómo mola tu familia, María… ¡y qué bien cocináis!).

24 horas después estoy aquí, tirado en la cama, medio muerto, haciendo un croquis de este día 30. Creo que no me dejo nada. Bueno, dos cosas esenciales: todas las caras que he vuelto a ver –abrazo incluido- y ese vibrar de un pueblo que a pesar de las críticas grita al unísono. ¡GORA SAN MARCIAL!

Y tú, ¿a qué coño has venido?

<<Recuerdo un anuncio de Telefónica (querían vender que ser el primero en colgar un concierto en las redes te haría sentir algo muy especial), en este anuncio se hacía creer que un concierto es un sitio lleno de manos en alto de gente grabando y bailando y divirtiéndose mucho. Un concierto es una ocasión para vivir un momento único, con el móvil apagado, o en silencio como poco, para poder desconectar y vivir ese momento. Un sitio en donde se va a experimentar una catarsis colectiva. Y no para estar dando por culo a los demás con ruidos, luces o manos en alto. No es realidad aumentada ni virtual. Es el presente, y si lo estás grabando, te lo estás perdiendo>>.

Con estas palabras, Robe Iniesta (cantante de Extremoduro) mostraba su repulsa hacia ese creciente grupo de personas que pasan el tiempo en los conciertos con su móvil en alto. Y aunque discrepo en algún detalle, comprendo su enfado.

Anoche, 23:00, Plaza Urdanibia. Único ensayo conjunto de Banda y Tamborrada, las compañías de música históricas del Alarde de Irún. Una hora durante la que poder disfrutar de vibrantes melodías excelentemente interpretadas que solo se vuelven a escuchar el día 30. Unas dos o tres mil personas (no es lo mío esto de contar en la muchedumbre), de las cuales tres cuartos no sé a qué fue.

Entiendo un concierto como un momento para dejar la mente volar, viajar con la música, evocar, soñar. Entiendo que ese es el verdadero disfrute que nos da este arte.

Pero la sociedad en general parece no entenderlo así. Por lo que vi anoche, la gente va a escuchar música de fondo mientras charla con el de al lado, cuenta chistes en cuadrilla o vacía unos tercios. Aunque sería injusto omitir que también está el sector hooligan que salta y empuja como si estuviera en un pogo o que grita cual believer.

Todos ellos con argumentos para hacer lo que hacen, y todos ellos me tocan los cojones igualmente. Porque hay espacios sociales para hacer todo eso, donde no incordiar a los que vamos a esta “ceremonia musical” a lo que de verdad corresponde: callar, escuchar y sentir. Y si no es a esto, ¿para qué ir? ¿La fiesta? ¿Seguir la masa social? ¿El difuso concepto de “ambiente”?

Anoche me perdí muchos matices. La alborada, interpretada por solo dos trompetas y tambor, casi ni la oí. Pero sobre todo, me fui cabreado y triste ante una sociedad que, como vengo diciendo hace tiempo, no sabe disfrutar concentrada en un solo estímulo. Ni disfrutar, en general, del presente. Ni distinguir cuándo toca una cosa y cuando otra.

El siguiente paso será comentar en alto con los amigos en el cine, la nueva manera de disfrutar de las pelis. Van a ser las risas.

Violencia, cámara… ¡y yo!

http://www.eitb.tv/eu/bideoa/ur-handitan-2-denboraldia/5762/129599/futbola-jokoz-kampo/

Julen? Jon naiz, EITBtik deitzen dizut. Así empezó mí última experiencia con las cámaras.

No pude negarme. Si hace un escaso mes denunciaba la violencia que había padecido en el fútbol, criticando fuertemente diversos aspectos, era mi obligación salir a dar la cara, a prestar testimonio. Tenía que aprovechar la oportunidad de que un medio de comunicación masivo quisiera dar visibilidad a este problema, que nos atañe a todos (espectadores, padres, seguidores, jugadores…).

Si tu voz suena baja, quieres que te escuchen y te ofrecen un altavoz, lo responsable es hablar.

Volviendo al problema, justificar y normalizar la violencia en un contexto social determinado es traspasar una barrera peligrosa. Cuyas consecuencias sociales se me antojan terribles. Y ojo con perder el foco del problema. Pues no se trata de machismo, ni de racismo, ni de espectáculo o emoción. Se trata de VIOLENCIA hacia una figura por el rol que ejerce, porque alguien tiene que pagar el pato o por mera inercia. Pero es un problema de violencia, y es hacia los árbitros (principalmente, no solo).

Resulta que Jon y su equipo son gente muy sencilla, que miman el detalle con sus medios tirando a humildes (todavía los veo metidos en el viejo monovolumen, con el maletero a tope de sus herramientas de trabajo).

No conozco mucho el sector, pero transmiten profesionalidad. Amables en el trato, sonrientes y chistosos. Consiguen que te abstraigas de cámaras y focos, pudiendo llevar la entrevista con naturalidad.

Las conversaciones transcurrieron fluidas y entretenidas. Creedme: hay muchas horas detrás de 30 minutos de programa, esfuerzo que hay que reconocerles.

También muchas horas de mi agenda, pero eso importa menos. Porque lo cierto es que disfrutas mucho cuando te piden que hables de algo que conoces bien, en lo que estás emocionalmente implicado y que te gustaría cambiar.

¿Quieres añadir algo? – me pregunta Xabier Madariaga, presentador de Ur Handitan. Niego con la cabeza, le doy las gracias y nos chocamos la mano. La experiencia llega a su fin, se me ha pasado volando. ¡Que me haga más preguntas! –pienso para mis adentros.

Laster arte!