Alarde: convivencia, víctimas y agresores

Tengo un recuerdo de cuando era niño, borroso por el paso del tiempo. Tendría unos 5 años, era el día de San Pedro (víspera de San Marcial, 30 de junio) y nos juntamos la familia, como era tradición, para comer en un restaurante del barrio. Abuelos, tíos… Una reunión completa, mejor que en Navidades. No sé de qué hablaban, pero los veo riendo, es un recuerdo feliz.

Los años pasaron y se perdió la costumbre. Murieron mis abuelos, mi tía… Pero lo que de verdad acabó con esa bonita costumbre es el llamado conflicto del Alarde. Aquí somos mucho de hablar de conflictos (véase el conflicto vasco), así que me pregunto, desde la más sincera autocrítica, quién los genera y cómo.

Mira por dónde, tengo la sensación de que con el Alarde (también), los que hablan tanto de conflicto son los que se lo generan a los demás, que pasábamos por ahí.

Tengo otro recuerdo, de hace unos 10 años. Asistía al ensayo conjunto de banda y tamborrada, precioso momento en el que los instrumentos más bellos interpretan las canciones más emblemáticas en una repleta plaza Urdanibia. Recuerdo como una compañía del desfile mixto decidió aquel día pasar por la plaza. No sé si querían escuchar las preciosas melodías de la banda, creo que no porque iban tocando a la vez, abriéndose paso por entre la gente. Claro, a los nazis del Betiko que estábamos allí (y que se sabía que estábamos allí) pues no nos hizo mucha gracia.

Anécdota esta última que se ha repetido años posteriores de formas similares hasta volverse costumbre. Por ejemplo, este año, mi compañía formaba a la hora de siempre en el sitio de siempre el día 29 y, aunque había un acuerdo con nuestros homólogos del mixto, decidieron en el último momento incumplirlo y formar justo delante de nosotros dos minutos antes de nuestra hora.

No sé, detallitos. Podría seguir.

Por esto y por más cosas, cuando empiezo a leer pasionales comentarios sobre personas ofendidas por unos plásticos negros… Pues mira, me entran ganas de llorar. Por supuesto que no hay insultos justificables, pero me duele ver lobos con piel de cordero quejándose de un moratón después de haber mordido.

Si cuando por la mañana el mixto desfila después del tradicional no ocurre nada, ¿no sería esta una solución fácil y pacífica? Será que alguien, algunos, tienen ganas o necesidad de ocupar un espacio en el que saben que se les rechaza. No por ser hombre o mujer, no. Se les rechaza porque no son víctimas, sino hostigadores a los que la mayoría no quiere ver y que se les obliga a verlos. No sé, como si entro en un Gaztetxe con la rojigualda, que es legal y lícito, oye.

Hostigadores que han despreciado y desprecian una tradición que a mí personalmente me ha reportado solo buenas experiencias y recuerdos. Que como no pudieron integrarse nos denunciaron, que como perdieron la denuncia sucesivamente han decidido ir por la fuerza y ahora hablan de conciliación. Apesta.

Hay muchas formas de abordar el “conflicto” (hablar de por qué el Alarde no es discriminatorio, etc), pero me parecía más práctico y más al orden del día hablar de convivencia, que es el problema que nos ocupa. Porque no es un problema de género, es un problema de convivencia, en el que los medios parecen haber olvidado quiénes son las víctimas y quienes los agresores, dicho en terminología moderna.

Amigos del mixto (que los tengo): lo que más pena me da no es el desprecio y superioridad moral de muchos de vosotros. Sino que habléis ya con orgullo de vencedores y vencidos, sin daros cuenta de que en una guerra civil perdemos todos.

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Aberatsa tranpa hutsa, pobrea amets hutsa

Yo tengo un tío en América (suena un poco a coña y a canción) que habla euskera y castellano con fluidez. Tío abuelo, para ser precisos. Marchó para allá a pastorear, con un zurrón, tres pesetas y ni pajolera idea de inglés. Algo antes, también bisabuelos míos habían inmigrado a Euskadi desde Zamora, Burgos y Navarra.

Afortunadamente, hoy ya no tenemos que emigrar… ¿o sí? Mis hermanos trabajan en Madrid y Estrasburgo y no podrían llevar a cabo su oficio aquí. Otra gran parte de la población mundial tiene que hacerlo, no para hacer carrera, sino para sobrevivir.

Con lo cercano que nos es a muchos la necesidad de emigrar, sorprende lo poco razonables que somos ante los inmigrantes. Hablamos de ellos como si fueran acero importado sobre el que poner aranceles o no. Oiga, mire, que son personas como usted o yo.

Muchos aducen cuestiones de sostenibilidad económica y cultural, donde el debate, plagado de medias verdades (doble mentira, como dice mi padre), se vuelve una locura. Se omiten datos relevantes, como que venimos gastándonos 10 millones al año en repatriar inmigrantes. El que diga que no hay sitio o trabajo para ellos, le propongo un paseíllo por pueblos de montaña de Soria o Teruel. No: lo que no hay es voluntad.

Lo que sí hay es miedo. Miedo a que nos quiten lo poco que tenemos. Curioso, cuando los que más nos han quitado en los últimos 20 años son españoles, muy españoles y mucho españoles. A esos desalmados sí que había que mandarlos al desierto.

“Vienen por las ayudas”. Sí, no me cabe duda de que la RGI abre titulares en el Congo. Los españoles somos los únicos responsables de cómo abordamos la llegada de todas estas personas. Es inadmisible que la responsabilidad de tener nosotros una mala estrategia migratoria se la achaquemos… ¡al inmigrante! Si hay que exigir algo, será a los dirigentes que votamos.

“No pagan impuestos”. En sí, cada vez que consumes algo pagas impuestos. Tampoco gravamos a quienes montan una SICAV, solo que hacer tributar un uno por ciento a un mantero da para un pack de cervezas y con el otro para un año de comedor social en Irún.

Si alguien piensa que el hambre de comida y libertad de África se detendrá por una puñetera valla, la llevamos clara. Es fácil decir que se vuelvan a su país a que sus líderes les den de comer, cuando es a nosotros a quienes abastecen, pues son proveedores nuestros. Tenemos la sartén por el mango (también en esto) para promover que esta gente viva dignamente en su tierra. África no es pobre por azares del destino, sino por la tiranía del norte, la complicidad de unos pocos del sur y la pasividad social del primer mundo. Todos somos corresponsables de los “asaltos” a Melilla.

Egoístamente, espero que la historia no sea cíclica y que no nos toque emigrar como a nuestros abuelos. A ver si tenemos que “asaltar” la muralla China o así.59715_salto-valla-melilla_big

“Te quiero”

A la sombra del pino, en la garganta del puerto. En esa inapreciable escapatoria de la horquilla. Mientras los grillos dan el do de pecho e incontables pájaros marcan el ritmo del platillo. Al tempo, con los acordes del arroyo y los golpeteos del cencerro. Me dejo llevar en el tiempo.

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El asfalto me transporta a otros momentos, a otros lugares, otras personas.

Los veo, sonríen, paz.

Son tantas las vidas, los amores, los compañeros de bebida. Y tan pocos con los que acabas en silencio, compartiendo, siendo. Dos y a la vez uno.

La vida sube y baja. Como los ciclistas, que tan sufridamente alcanzan por fin una cima absolutamente

                                                                  fugaz,

para después precipitarse puerto abajo atravesando el viento.

Ese viento que peina el pino y me devuelve por fin a mi sombra, a la escapatoria de la horquilla.

Ese viento que nos llevará antes de lo que creemos. Antes de que podamos detenernos en la cima a contemplar la belleza del puerto, iniciaremos la inevitable bajada. No hay opción de pararse.

Más nos vale disfrutar y sonreír subiendo; con aquellos que se puede ser dos y a la vez uno. Mirar a los lados, al frente y un poco atrás. Agradecer al que tira de ti y dejar a alguno ponerse a rueda también. Compartir. Nunca susurramos suficiente “gracias” ni “te quiero”-s. Al menos, que sea a cuantos deben oírlo.

 

Mejor que “gente normal”

Llueve como si fuese noviembre. El santuario de Loiola, a unos 150 metros, parece jugar al escondite detrás de las nubes. La escena de hace unas horas de doscientas personas en el césped comiendo arroz, bailando, se antoja ya ilusoria. Mientras reflexiono sobre todo lo que ha pasado hoy, se me acerca un tipo alto y delgaducho, con barba digna de turco. Pero yo sé que él, como casi todos los demás, es sirio. Hola, soy Feliz –dice sonriente, visiblemente preocupado porque estaba apartado del grupo. –¿Qué tal ha ido la caminata? –prosigue. Le cuento que yo he estado toda la mañana con la paella, que soy el culpable de que el arroz estuviera duro. Se ríe y me invita a unirme a sus amigos.

Iba a decir que son gente muy normal, pero lo cierto es que son mejor que todo eso. Para empezar, entre ellos hay una diversidad importante. A primera vista, tienen en general un marcado toque occidental. Vaqueros y camisetas. Alguna chica con pañuelo, alguna otra con escote, todas se relacionan con normalidad. Se mueven en grupos medianos, chicos y chicas. Les gusta el fútbol, la naturaleza, la fiesta, las motos. Se sacan selfis, fuman tabaco industrial, alguno hasta se deleita del pedo que se acaba de enganchar. Pero tienen de oriental su forma de cuidar del grupo, su hospitalidad, su generosidad… Si los observas un poco más, ves los mismos roles de aquí: el gracioso, el tímido, el tatuado, el líder, el guayón. Son actores, cocineros, ingenieros, pintores (¡pedazo de cuadros!)… Hablan todos, además de árabe y su dialecto, inglés y alemán. Muchos, francés o italiano también. La mayoría intentan, con más voluntad que éxito, chapurrear español. No se puede decir que no le pongan interés y ganas.

Todos muy educados y siempre preguntando si pueden ayudar (Haytham ya va por la tercera, me tiene frito). Son limpios hasta decir basta, porque 30 minutos después no parece que el comedor haya albergado 100 cenas. Además, no necesitan ninguna excusa para sonreír y saludarte (¡aunque hablen mal inglés!), a ver qué tal estás; hasta el punto en el que te sientes tú el acogido y no el anfitrión. Así acabo hablando con Ahmet, que me enseña la Harley que tenía en Siria. “Algún día tendré una aquí”, dice con brillo en los ojos. No por la moto, sino por lo que ha dejado atrás. “Y vendré a visitarte.”

Pero no solo se han movilizado refugiados. Tanja, alemana de nacimiento, me comenta que en su país no hay semejante acogida. Que no hay voluntarios, no hay interés por la gente. Que simplemente se les ignora, “ya se integrarán”. Que en ese sentido, miran con admiración a España (sí, sí, admiración). Bendita autocrítica.

Ver a esta gente en acción es un espectáculo. Se organizan increíblemente bien. Todo es dinamismo. ¿Que algo va mal? Observación del entorno, alguien propone algo y resuelto. En serio, otro nivel de disposición y resolución. Perico, que ha visto pasar mucha gente por este albergue a sus…. muchos años, añade: y ahí donde los ves, cada uno tendrá una historia increíble que contar. A mí, más que eso, me cautiva a alegría que transmiten. Piden asilo, pero dan muchísimo más.

Sara y yo observamos desde lejos con curiosidad unos hierbajos que se están preparando cuatro amigos. Ellos se percatan e inmediatamente nos invitan a formar parte de ese curioso ritual. Se corren un asiento y nos explican que están tomando mate. Nos dan a probar. No estoy hecho para emociones tan fuertes. Ellos, están hechos de otra pasta.

Hasta siempre, majete

El tiempo corre para todos y en tu reloj ya no queda más arena.

Me cuesta mucho plasmar mis sentimientos esta vez. Cuánto hemos aprendido de ti en lo profesional. Recuerdo que una vez llegué y le pregunté a una persona que estaba viéndote, que sabe más que yo y a la que respeto mucho: ¿qué tal lo está haciendo Aitor? Me contestó, sincero: no me siento a la altura de calificarle.

Pero es que también eres un puñetero ejemplo en lo personal. Siempre activo, siempre despierto, luchando por mejorar. Encontrando motivación donde para los demás todo era negro. Disfrutando de las pequeñas cosas. Transmitiendo ilusión como el primer día, a la vez que la veteranía con más clase.

Pocas personas he conocido más respetadas y admiradas a la vez. De entre tantas gentes de tantos lugares ni una he encontrado que dijera mala palabra sobre ti. Y con tantas virtudes, lejos de vanagloriarte, eres de las personas más humildes que he conocido.

Con esa sonrisa constante. Perfectamente vestido, peinado, perfumado. Apretón de manos firme, gesto amable y servicial. Tu actitud moderada y tu tranquilidad. Tantas virtudes de las que impregnas tu entorno. Siempre correcto, elegante, todo un lord inglés en Irún.

Estar a tu lado siempre ha sido estar en casa. Has sido un maestro, un hermano, un padre. Y es muy triste, duro, estar tan unidos y perder un eslabón. Tu trayectoria es quizá el ejemplo de que la vida no es siempre justa, pero tu amistad es la prueba de que la vida guarda tesoros maravillosos.

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Así, te vas por todo lo alto. ¡Cómo me entristece no haber podido estar a tu lado esos últimos minutos! Ya sabes que el destino es caprichoso, pero me consta que has estado perfectamente arropado. A Dios gracias por esa buena compañía que de sobra te has ganado.

Mientras me cuentas cómo ha ido, noto tu voz con un punto más de gravedad. Tiene que ser un momento difícil para ti. Por eso, más que nunca, estamos contigo.

Como dicen en la peli, no te habrás ido mientras alguien te recuerde. Y yo, desde luego, pero sé que no solo yo, contaré a las nuevas generaciones que tuve el honor de compartir plaza contigo.

Como (ya) digo yo: te echaremos de menos, majete.

Noticias chisposas

Últimamente las portadas del noticiario lucen especialmente divertidas. Si el otro día convivían en la misma hoja el aumento irrisorio de las pensiones con la subida del uno y pico de los sueldos de los políticos, la de hoy es de carcajada también.

Portugal ya produce más electricidad con renovables que su consumo nacional. Ahí es nada. El país vecino, de características geográficas similares a las nuestras y 112 habitantes por km2 (España tiene 92, más de un 20% menos), nos adelanta por la derecha, en un claro intento de revertir la historia y conquistarnos ellos a nosotros.

Perdonad que me permita los chistes ante un tema tan serio. Ahí va otro: Rajoy viaja a Argelia para tratar de renovar los contratos de Gas Natural. Sí, Gas Natural en mayúsculas, la empresa. ¡Olé! Es como si los de El Jueves hubiesen pirateado la prensa seria.

¿Dónde están los que decían que no se podía? ¿Quién alza la voz para decir que no es viable económicamente? Estoy deseoso de escuchar argumentos (serios) de ese tipo.

Resulta que los lusos han suspendido su “tarifa” a las productoras (20 milloncitos, que iban a parar principalmente a centrales de combustibles fósiles, según El Economista). Entonces, ¿lo que necesitaba subvención eran las plantas eólicas o las de carbón?

¿Y en España? Pues el precio mayorista está al nivel de Portugal, entre los más caros de Europa ambos. Con la diferencia de que su electricidad es verde y la nuestra sucia. Concretamente, más de la mitad de la producción es nuclear o térmica.

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Central nuclear de Cofrentes.

Luego está el precio que pagamos los hogares, que es también un temazo. Porque en Francia los hogares menos que aquí. En Alemania, en cambio, la producen más barata, pero el precio es elevado por la fiscalidad (pero esto genera retorno, de alguna forma). Electrizante.

No sé si es que no entiendo nada o es que nos están tomando el pelo.

Laguna lagun

A la hora de pagar la ronda, el euro con cuarenta del zurito de Voll-Damn se me antoja excesivamente barato. Será el cóctel de amistad-alcohol, que sube rápido. Nos miro desde fuera: sonrientes, sendas manos apoyadas en el hombro del otro, desahogados de pena, ahogados de cerveza. Vale mucho más que euro cuarenta.

Como pudieras ser tú, otra historia en otra Taberna.

Amigos, o único patrimonio que merece la pena. Hacerlos grandes te hace grande. Dar y recibir. Resulta tan enriquecedor y placentero sumergirse en su mente, en sus sentimientos, en su trayecto, en su momento… Quiza el tiempo te mueve hacia relaciones de amistades diferentes y perfiles de amigos distintos. Todos diferentes entre sí. Con su forma de entender la vida, con su manera de afrontar sus problemas. Para todos un rato de cerveza.

La mayoría siguen fieles, aunque también hay disgustos, claro. Solo faltaba. A un amigo no se le puede atar. Si txoria txori, laguna lagun.

Soy un afortunado por seguir compartiendo ese zurito con todos ellos. La llamada que no viene a cuento. El problema resuelto al que no has hecho seguimiento. El desamor. El cambio de trabajo. Tantas vidas que tus amigos, cada uno la suya, de una forma u otra, decide hacerte participe de.

Llega la hora de despedirse. Es típico, me entra ese impulso de pedir una más. Pero sé que no es sensato y me retraigo -¡maldito Pepito Grillo! Sé también que habrá más, claro que sí. Porque la amistad va de eso: una relación de confianza que se sabe perdurable.

Subo al coche, arranco y enciendo la música. “Se disuelven los problemas y veo con claridad: lo importante en este mundo es tu amistad. Entre tú y yo, nosotros y él, entre todo el mundo”. La música aborda la vida mucho mejor que este blog.